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Bibliotecas privadas, una tendencia que resurge

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Es verdad que cada vez los pisos son más pequeños. Uno porque se tiene cada vez menos hijos y lo segundo para que salga algo más económico ya que el precio del metro cuadrado está por las nubes. Sea por este o por otro motivo lo cierto es que ahora lo extraño es encontrar viviendas con estanterías repletas de libros. Para qué negarlo, a esta tendencia también ha contribuido la edición digital: mucho en poco espacio, volviendo a la idea original del Seiscientos.

Pues como la vida da mil vueltas, el panorama comienza a cambiar. Eso sí, este cambio solo afecta a unos pocos, aquellos multimillonarios para los que el espacio no es ningún inconveniente. En esta tarea de montar bibliotecas privadas sabe mucho Kinsey Marable, un banquero que en 1994 decidió dar un giro a su trayectoria profesional tras conocer una librería de ejemplares raros ubicada en Mayfar, Londres. Fundó su propia librería en Washington.

Unos años más tarde decidió dedicarse a diseñar bibliotecas de clientes pudientes. Tras conocer los intereses de cada cliente, se ponía manos a la obra para buscar aquellos libros más afines a sus gustos.

Lo habitual, cuando el espacio no es ningún inconveniente, es que las casas dispongan de una biblioteca. Por eso los millonarios, para aparentar el alto intelecto, no escatiman en gastos con tal de disponer de la biblioteca más extensa.

En la web de Kinsey Marable aparecen ejemplos de su trabajo. Os dejo una pequeña selección.

Aunque no seas rico, si tienes un espacio en tu vivienda te animamos a que desempolves los libros y los saque a la vista de tus invitados. Eso sí, que sean ejemplares reales, no como esas mansiones donde de los libros solo eran libros en las tapas, el resto estaban hueco. ¡Todo vale por aparentar!

1 comentario

Sinjania 2 septiembre, 2015 Responder

Aunque es una iniciativa curiosa, carece un poco de sentido. Una biblioteca personal nace de un lector y crece junto a él. Por mucho que el señor Marable investigue los gustos de sus clientes no me parece comparable al gusto de elegir uno mismo sus lecturas (a veces por puro impulso), recordar cuando y cómo se leyeron esos libros; cuando se compraron, quién los regaló… Es un poco como la diferencia entre la ropa pret a porter y un traje hecho a medida.

Saludos.

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