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Voces de Chernóbil y Miedo líquido: Cuando el desastre nos alcanza

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These violent delights have violent ends. Cuando el fraile Laurence aconseja a Romeo en la obra de Shakespeare que tenga cuidado con su infatuación hacia Julieta apunta que “los placeres violentos tienen finales violentos” y esto pronto se convierte en premonición y en máxima. Bien es sabido que Romeo prosigue en su determinación a pesar de la advertencia, en un movimiento por el disfrute presente sin la consideración del mal futuro. Del mismo modo el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) apunta en su obra Miedo Líquido (2006):

El futuro es incierto? Una razón de más para no dejar que te atormente. ¿Los peligros son desconocidos? Una razón de más para dejarlos a un lado. Hasta ahora bien; podría ser peor. Mantenlo así. No te preocupes por cruzar un puente antes de haber llegado a él. Quizás no tengas que llegar o el puente se caerá a pedazos antes de llegar a él. Así que, ¿Por qué preocuparse ahora? Simplemente, disfruta ahora, paga más tarde.

La posposición del problema hasta más tarde o hasta que nos alcance, podría convertirse en un resumen sociológico de las actitudes ante las múltiples incertidumbres que el futuro propone acarrear. Es por ello que la aproximación a la obra de la ganadora del Premio Nobel y periodista bielorrusa Svetlana Alexievich debe realizarse con precaución, valga la redundancia. Su obra de no-ficción documental, fundamentalmente polifónica, de asuntos de guerra y desastres y de devastadora actualidad recoge entrevistas con voces que se alzan entre el conflicto humano y político, cuando el desastre nos ha alcanzado. En sus primeras obras, La guerra no tiene rostro de mujer (1985) y Los muchachos del zinc (1991) la escritora recoge testimonios sobre la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Afganistán, pero en Voces de Chernóbil (1997) la guerra se presenta silenciosa e invisible: la radiación, el desplazamiento de miles, la memoria, lo que perdura y lo que se olvida. La vida que sigue después del desastre nuclear del 26 de abril de 1986.

Ambos, Bauman y Alexievich, se aproximan al desastre desde un punto de vista sociológico: las medidas llevadas a cabo para prevenirlo, evitarlo y escaparlo, protegernos y protegerlos, la individualidad y fragilidad de los que lo sufren. Bauman como marco general de la actitud humana hacia el desastre y Alexievich desde la particularidad de las historias forjadas en el caos. Ambos, filósofo y periodista, aproximan al lector a un desastre posible, futuro o pasado, desde la perspectiva humana del miedo y lo sucedido: “Ahí lo tienes. Una persona normal (…) y un día te conviertes en una persona de Chernobyl” declara uno de los entrevistados en Voces de Chernobyl. Y es que según Bauman “enfocarnos en asuntos que podemos solucionar no nos deja tiempo para ocuparnos de los asuntos sobre los que, de todos modos, no podemos hacer nada. Esto nos ayuda a defender nuestra salud mental.” La evasión de lo que él llama el miedo líquido, esto es, el miedo incierto, sin forma, del que no podemos identificar una procedencia o un lugar o un rostro, el miedo que nos acerca a la muerte y que puede tener numerosas procedencias (financiera, nuclear, ecológica, social) es algo tan humano que la cultura no es más que un mecanismo para evitarlo. “Todas las culturas humanas pueden ser vistas como ingeniosos aparatos calculados para hacer la vida, con la conciencia de la muerte, vivible”, subraya.

De una manera similar a la invisibilidad e incertidumbre del miedo que propone Bauman, el mayor problema de Chernobyl, sin embargo, como apuntan las varias entrevistas, es la invisibilidad del enemigo, la radiación. En un capítulo de la obra llamado La forma de la radiación, alguien reflexiona:

¿Cómo es la radiación? ¿Quizás la muestran en las películas? ¿La has visto? ¿Es blanca o negra? Algunos dicen que no tiene color ni olor, y otros dicen que es negra. Como la tierra. Pero si no tiene color, entonces es como Dios. Si hubiéramos vencido en Chernobyl, la gente hablaría y escribiría más sobre ello. O si lo hubiéramos entendido. Pero no sabemos sacar ningún sentido de ello. No somos capaces. No podemos colocarlo en nuestra experiencia humana o en nuestro tiempo-espacio humano

Las reflexiones sobre la catástrofe, sin embargo, no ocupan el lugar central de Voces de Chernobyl. Los testimonios contienen indagaciones sobre la vida, el amor y el tiempo, y como todo ello se ve afectado, cambiado, mutado por la radiación, el exilio y la pérdida. Alexievich argumenta: “Yo siempre pensé que el hecho, el hecho mecánico, no está más cercano a la verdad que un vago sentimiento, un rumor, una visión. Por qué repetir los hechos entonces- esconden las emociones. El desarrollo de estas emociones más allá de los hechos es lo que me fascina. Intento encontrarlas, coleccionarlas, protegerlas.” En el prólogo, Una solitaria voz humana, una historia de amor subyace el horror, y así lo harán tantas otras: a las mascotas que se dejaron atrás, a las reliquias familiares que, por la rápida evacuación se perdieron en la memoria, a las manzanas maduras que no se pudieron recolectar porque, a pesar de su brillo, estaban contaminadas. La preeminencia de la emoción ante el desastre es la base constitutiva de Voces de Chernobyl.

Y de alguna forma, la obra de Alexievich nos acerca a una característica fundamental del miedo, como la argumenta Bauman:

Extraño es el alivio que sentimos, y el repentino influjo de energía y valentía cuando, después de un largo tiempo de incomodidad, ansiedad, oscuras premoniciones, días llenos de aprensión y noches insomnes, finalmente nos encontramos con el peligro real: una amenaza que podemos ver y tocar. Ahora que sabemos de dónde nos viene el golpe ya sabemos como de limitada es nuestra habilidad para salir ilesos de la situación, y qué tipo de pérdida, herida o dolor tenemos que aceptar.

Como un ensayo del desastre, Alexievich nos acerca al minuto en que miles de vidas cambiaron, pero a la vez nos acerca al antes, y también al después. Como si requiriésemos unas instrucciones de evacuación, un entrenamiento de la pérdida, un modelo de capacitación para ponernos en el lugar no imposible del que ha perdido todo.

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