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Una píldora agridulce sobre nuestra sociedad: La señora Fletcher

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«Era mucho más fácil ser una perdedora en la época anterior a las redes sociales, cuando la gente no estaba tan versada en restregarte las cosas, plantándote ante tus narices y en tiempo real la diversión que te estabas perdiendo».

Con esta cita, contenida en La señora Fletcher, Tom Perrotta nos indica que sabe de lo que habla. Y creo que todos podríamos identificarnos con la afirmación. ¿Es cosa mía, o no hay más que triunfadores y gente feliz en las redes sociales?

Las primeras páginas de la nueva novela del creador de Leftovers, me recordaron al primer libro del Asteroide que me compré: Algún día este dolor te será útil, de Peter Cameron. Con temáticas que se rozan, ambos comparten esa incertidumbre que viste a los tránsitos vitales, aunque la de Cameron me resultó más nostálgica que La señora Fletcher.

La novela de Perrotta se lee en un suspiro. Sus casi cuatrocientas páginas vuelan entre las manos, por medio de una prosa sencilla, sin aspavientos ni muchas florituras, pero que no deja de ser una manera más de contar historias. Sencillo no significa, en todo caso, descuidado. Desprender la narrativa de todo artificio no es tarea fácil, y mucho menos hacerlo y que el manuscrito siga gustando y enganche. Punto para Perrotta.

En La señora Fletcher, el autor estadounidense nos cuenta la historia de Eve (la señora Fletcher), y la de su hijo Brendan. La primera, una madre divorciada, una MILF; el segundo, un adolescente a punto de entrar en la universidad y en pleno rechazo a madurar. La novela de Perrotta trata sobre la familia, y como trata de amoldarse a un nuevo estilo de vida, la sociedad líquida de Bauman, en la que todo cambia demasiado deprisa como para que podamos adaptarnos a los cambios o la experiencia sirva de algo.

La marcha de Brendan a la universidad, que supone una segunda disolución familiar (tras el divorcio), obligan a Eve a enfrentarse al ‘resto de su vida’, desde una relativa juventud. Mientras Brendan se percata que la idea de universidad que habitaba su cabeza (fiestas, sexo desenfrenado y alcohol) no se corresponde con la realidad, a Eve se le abre un mundo de posibilidades inesperadas, que comienza a explorar huyendo de clichés y convencionalismos. Por todas partes de la novela, late una incomodidad, una insatisfacción, la de algo que no se ajusta exactamente a las expectativas. Mentando de nuevo a Bauman y su modernidad líquida, todo cambia demasiado rápido, y la familia, una entidad monolítica durante siglos, no es ni mucho menos ajena a ello, y sufre el ataque de numerosísimos elementos desestabilizantes.

Tom Perrotta, creador de The Leftlovers y autor de La señora Fletcher

No todo son aciertos en la novela de Perrotta. Me descuadra el uso que hace de la voz narrativa en Eve y Brendan. Mientras que en la primera se decanta por la tercera persona, manteniendo una distancia, para Brendan prefiere la primera, acercándose al personaje que genera más desagrado a medida que avanza la lectura. Por otro lado, preñan la novela numerosas reflexiones sobre el género y la identidad, y muchos párrafos rezuman pensamientos (de Eve, sobre todo) acerca de cómo cuadrar la nueva ola del feminismo con una sorprendente adicción a la pornografía, el sexo más allá de los cuarenta (y los cincuenta), y la influencia de las nuevas tecnologías (que de nuevas ya no tienen nada, la verdad) en nuestra vida cotidiana. Y me da la impresión de que el uso de estos temas, muchas veces de forma obvia, se podría calificar de oportunista, toda vez que son trending topic. Sin embargo, también podría interpretarse como un intento del autor de comprender lo que sucede a su alrededor, y de conectar con el mundo en que vive.

Sin necesidad de tirar de complicadas metáforas y otras florituras literarias, Tom Perrotta arma una novela inmediata, irónica y muy realista, que continúa echando tierra sobre la tumba de la clase media americana y los tópicos que la rodean, desmontando estereotipos y en la ola de las nuevas tendencias. Pero, tras tanta reflexión y ruptura, el final de la novela me resulta conformista. Como si, a pesar de todas las vueltas que ha ido dando, se quisiera negar la realidad y empujarnos a una imagen estática e irreal, ya trasnochada; o, quizá, lo que nos quiera transmitir sea que a pesar de las pretensiones de cambio, a la hora de verdad, a muchas personas todavía las frena el miedo, y terminan siguiendo el mismo camino trillado y heredado. En cualquier caso, nada de esto impide disfrutar de La señora Fletcher, una píldora agridulce en esta sociedad que muta constantemente.

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