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En defensa del amigo imaginario

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En un país que relega la literatura a un papel secundario en las aulas, ¿cómo iba la imaginación a ser un bien esencial? La medida de las cosas es ahora únicamente cuantitativa. Cuánto vales, cuánto sirve, cuánto sabes, y sobre todo, cómo de bien aparentas ser algo.

En realidad ni siquiera se trata de una situación exclusiva de nuestro país, aunque el fusilamiento de la literatura en la educación sí se está produciéndose aquí, es una tendencia global.

Hace unos días leía un artículo que rezaba “¿Son un problema los amigos imaginarios de nuestros hijos?” donde se ponía de manifiesto la preocupación de los padres por estas situaciones anómalas que no saben controlar. Me sorprendió treméndamente.

Supero ligeramente los 28 años y mi mundo se compone casi a partes iguales de realidad y ficción, del mundo en el que vivo y todos los demás que he inventado a lo largo de los años. Y me da igual que eso suene raro o infantil. Socialmente aceptamos que un adulto pase horas inmerso en un videojuego, lo cual me parece perfecto, pero nos parece extraño que nuestros hijos tengan amigos imaginarios cuando…son niños.

La imaginación es patrimonio individual. No cotiza en la seguridad social, no pesa ni huele mal y no puede ser controlado por herramientas del estado o familiares, en definitiva: es sinónimo de libertad.

Además, nuestras criaturas imaginarias tienen mucho que ver con la literatura. Sin desmerecer otras disciplinas artísticas, la literatura es un libro abierto para nuestra mente. Nos hace soñar con personajes de todo tipo, recrear conversaciones e imaginar situaciones imposibles. A mi parecer, es de todas las artes la más cercana a ese universo puro que es la imaginación.

Por incomprensible que parezca, incluso en terreno literario surgen voces que sugieren que la imaginación está pasada de moda, como es el caso del escritor David Shields y su manifiesto Reality Hunger.

No sabría cuantificar en qué medida es importante la imaginación en nuestra vida, pero si puedo aventurar a que en ocasiones es más vital en nuestra existencia que la propia realidad. A mí no va a influirme tanto la declaración del político corrupto de turno como la ensoñación que tuve esta mañana de camina al trabajo. Juegan en terrenos diferentes, pero la ensoñación influye más en mí que todas las noticias insulsas que me rodean.

Con esta defensa de los amigos imaginarios y la ficción no quiero decir que no vivamos con los pies en el suelo y en el mundo que nos ha tocado. Los pies en el suelo sí, pero siempre con las alas que la imaginación nos pinta.

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