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Una buena novela para volver a fumar

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Don Carpenter se suicidó cuando todavía trabajaba en el manuscrito de Fridays at Enrico’s, novela inacabada que Jonathan Lethem se encargaría de terminar y a cuya lectura le he dedicado este último mes: el tercero consecutivo que voy a poder tachar con un rotulador rojo —mientras me siento tan feliz como idiota— en mi recién estrenado calendario de ex fumador.

Revelo esta intimidad como preámbulo para una advertencia: no me ha parecido Los viernes en Enricos un libro que ayude precisamente a superar la nostalgia de fumar. Fumar mientras escribías enfervorizado; o leías tumbado en el sofá; o charlabas con los amigos hasta altas horas de la madrugada; o intentabas seducir a alguien o después de haberlo seducido ya; o te tomabas un café al sol; o simplemente te emborrachabas en el interior de uno de esos bares en los que todavía te permiten fumar mientras te emborrachas. Y, en segundo lugar, la revelo para enlazarla con la muerte de Carpenter, al hilo de una súbita intuición que acaso resulte sólo una mera gilipollez: que pegarse un tiro y dejar de fumar no estén tan lejos; en cuanto ambas determinaciones comparten la misma llana y simple intención de dejar de ser.

Los viernes en Enrico’s es una historia de escritores. Una de esas novelas que enseguida pensaremos en recomendarle sobre todo a quien sepamos que alberga cierta ambición de dedicarse a la literatura. No en vano las casi cuatrocientas páginas despachadas por Carpenter con un estilo de una sencillez sobrecogedora están llenas de personajes que pretenden exactamente eso: abrirse camino en el mundo de las revistas, de los agentes, de los editores, de los estudios cinematográficos… Pero amén de asistir a una estupenda master class sobre el oficio y la profesión de escribir (asumiendo, por supuesto, que la tradición editorial norteamericana en la que está enclavada la trama dista mucho de nuestra realidad temporal y geográfica), lo que nos vamos a encontrar al deambular por las calles de Portland, las de San Francisco y los bulevares de Hollywood van a ser un montón de bares en los que poder fumar y emborracharse sin remilgos, y a unos cuantos outsiders que los recorren de manera impenitente con el anhelo de ser escritores para poder dejar de ser otra cosa. Asaltadores de casas, por ejemplo. O jovencitas tan de clase media como cree serlo Jaime. También hijos alienados por la educación católica integrista y asfixiante de sus madres. Y tipos sin demasiado talento que volvieron de la guerra de Corea y ahí siguen ensimismados, igual que Charlie, tratando de escribir la novela antibelicista definitiva sin saber muy bien adónde van y sintiendo continuamente que pierden el tiempo.

Personajes que acabarán encontrándose en un mismo punto a pesar de su procedencia desigual y de haber recorrido caminos tan dispares. Y que en cuanto consigan —de las formas más diversas— alcanzar algo parecido a lo que pretendían, volverán a coincidir, incompletos e insatisfechos, alrededor de una frustración semejante. Esa decepción de serie que parece indispensable para que afloren preguntas como si se puede volver a empezar, o ser otra persona diferente a la que se es en un momento concreto del camino.

Podría decirse que su inclinación por la literatura como forma de experimentar la vida es lo que une a los personajes de Los viernes en Enrico’s. O que, en el fondo, la novela de Carpenter no va de un grupo de amigos que aspiran a ser escritores sino de individuos atrapados dentro de un mundo deprimente y que en (demasiadas) ocasiones se les escapa de las manos; tan distinto de la ficción que un escritor puede construir y que, en el mejor de los casos, si su trabajo ha sido eficaz, acaba resultando lo feliz y estable que él mismo hubiese previsto de antemano. Planteamientos narrativos manidos y una hermenéutica fruslera que, sin embargo, no deberían despistar a nadie. Porque corremos el riesgo de perdernos entonces la naturalidad apabullante con la que Carpenter, desde las primeras páginas, convierte a cada uno de sus personajes de cartón piedra en seres de carne y hueso cuyo aliento no podremos evitar sentir muy cerca durante el resto de la historia. O a lo peor pasaríamos por alto aquello que define a esos seres y su naturaleza paradójica. Leer. Escribir. Inhalar el oxígeno que vivifica y oxida al mismo tiempo. O, en el camino hacia el final, hacia el dejar de ser, esa constante necesidad que tenemos los humanos de ensayar pequeños esquemas que reproduzcan, como matrioskas, el esquema fundamental que sostiene el proceso. Nos preparamos para morir dejando de ser niños, abandonando sueños, agotando relaciones, perdiendo la salud, lo que teníamos o lo creíamos que nos definía. Algunos hasta renunciamos al otrora tan amado hábito de fumar… Me ocurre incluso mientras leo la novela de Carpenter. Voy devorando párrafos al tiempo que pienso en el placer que me va a proporcionar releer esas mismas líneas en el futuro. Y al hacerlo prefiguro la enésima cesación. La que conlleva haber dejado de leer por primera vez en favor de poder volver sobre un texto ya leído. Del mismo modo que tal vez a muchos les gustaría poder tener otra vez veinte años sabiendo más, acumulando más experiencia, conociendo por anticipado el desarrollo de los capítulos que van a conformar sus vidas para así poder vivir más conscientes y despreocupados el presente. Me pregunto si yo mismo me sumaría a dicha posibilidad. Y también sobre la relación que exista —si la hay— entre nuestra finitud y el hecho de que la conciencia del presente resulte algo tan susceptible de elidir (o de reducir a una especie de limbo con el que, como mucho, confrontar cualquier tiempo pasado que nos parezca mejor o el ineludible futuro de la mano del cual va siempre cogida la esperanza). Lo que sí sé es que ni a Charlie, ni a Jaime, ni a Stan, ni a Linda… parece funcionarles del todo el plan de huida. Como tampoco creo que vaya a funcionarle a quien se acerque a Los viernes en Enrico’s con el ánimo de congelar el presente, de evadirse, de dejar de ser por un rato. Porque lo más probable es que se encuentre de pronto con el sentido agridulce de la vida pegándole un buen puñetazo en plena cara. Después de lo cual, y en caso de haberlo dejado recientemente, tal vez lo que le ocurra es que sienta unas ganas irrefrenables de volver a fumar.

1 comentario

Agustín 7 julio, 2016 Responder

En una ocasión, yendo por la calle, orgulloso por estar estrenando su chaqueta granate, B encontró una cartera que tenía en su interior la fotografía de un hombre con una cartera en una mano y que usaba la otra para acercar una fotografía a sus ojos incrédulos. La dualidad obvia por el parecido calcado con el individuó de la foto le sorprendió. Por ello abrió ambas manos, como quien rechaza lo asido por incómodo, sin sospechar que más bien se aferraba a una multiplicidad mayor. Trató de moverse y fue inútil, entonces tropezó con el reflejo de un edifico de cristales pulidos, donde rebotaba la imagen de una vitrina de artículos para caballeros, en la cual él permanecía atónito, frente a un maniquí de chaqueta roja, hierático, detenido en el olvido.

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