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Una breve historia de las drogas y la literatura

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Arthur Rimbaud dijo una vez que “el escritor se hace vidente a través de un largo e inmenso trastorno de los sentidos”. Los escritores han tenido a lo largo de la historia una relación cercana a los estupefacientes para despertar determinados rincones de la mente. No me imagino la bibliografía de algunos autores sin su suministro narcótico, en este sentido Carlos Mayoral publicó Etílico, un libro donde repasa el vínculo entre escritores y alcohol.

Aldoux Huxley sintió fascinación por la mezcalina, experiencia que describe en “Las puertas de la percepción”. Encontró en las drogas psicodélicas un medio para escapar de la condición humana que tanto lo asfixiaba, esta idea se materializó en libros como ‘Isla’. Igualmente reconoció el peligro de las drogas, lo describió como un universo de felicidad ilusoria, un concepto que podemos encontrar en Un mundo feliz.

Por cierto, Jim Morrison llamó a su banda The Doors en referencia al ensayo de Huxley.

Pero si queremos hablar de nexo entre autores y droga debemos conceder a la Generación Beat el mayor parentesco. La contracultura se sembró en Estados Unidos a golpe de drogas, música y  exceso.

En primera fila encontramos a Jack Kerouac y su relación con la benzedrina que tanto propulsó sus relatos vertiginosos. Tardó apenas 3 semanas en escribir su obra más célebre, En la carretera, y eso se percibe en su estilo caótico y narcotizado.

No podemos nombrar a William Burroughs sin referirnos a su adicción a la heroína, si Huxley describió a la perfección sus impresiones de la mescalina, Burroughs es el retrato vivo de los efectos de esta droga y Almuerzo desnudo su introspección más célebre. La adicción de Burroughs da para un libro (y así fue): el momento histórico en el que se desarrolla su vida, sus constantes intentos de dejar la heroína y sus recaídas son los recovecos de una vida desecha.

Burroughs era un graduado de Harvard que acabó metido de lleno en las drogas. Lo narra en su obra “Junkie” firmada con el pseudónimo William Lee y encarna perfectamente la angustia occidental de finales del siglo XX. Una persona atormentada por sus inclinaciones, con tendencia a la autodestrucción que vivió en una época de transición histórica compleja.

También encontramos ejemplos de esta relación intensa en escritores contemporáneos. Philip K. Dick, uno de los autores de ciencia ficción por excelencia, debe gran parte de su inspiración al speed. En concreto a un fármaco: Semoxydrine, muy similar al speed que lo alimentó a lo largo de su prolija producción.

Hunter S. Thompson no dijo que no a nada. El famoso autor de “Miedo y asco en Las Vegas” basó su libro en su propia experiencia con toda clase de estupefacientes. Por si te cabe alguna duda, en más de una entrevista nombró que su desayuno se basaba en huevos fritos, bacon, cocaína y alcohol. Su prosa sucia encaja a la perfección con ese estilo de vida. Alguien tenía que hacerlo y él ofreció su cuerpo como voluntario.

El gran escritor del terror contemporáneo reconoció su relación con la cocaína para crear algunos de sus mejores libros. Sí, hablamos de Stephen King.

Todas estas relaciones enturbiadas, las vidas rotas que sucumben al escape momentáneo nos han proporcionado cientos de horas de lectura. Y da escalofríos, porque leerlos es asomarme al abismo que el resto de personas no nos atrevemos a cruzar. Y es necesario, porque la propia condición humana se esconde tras sus párrafos narcotizados.

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