Cultura

Tributo a uno que cantaba

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Narciso jamás soportaría que alguien bromease con su belleza. Frivolizar sobre aquello de los que otros se vanaglorian es peor aún que someterse a un duelo contra el vanidoso, porque el combate legitima la soberbia y enfrenta a los egos, pero la risa humaniza al personaje: le quita la máscara e iguala en muerte y vida con sus semejantes, algo que detesta y le parece insoportable.

Una de las dos peores cosas que se puede hacer en la vida es tomarse a sí mismo, y a su existencia, demasiado en serio —o, lo que es lo mismo, dejar de hacerlo con el resto (porque siempre hay un otros)— ; la otra, es tomárselo todo demasiado en broma— o, lo que es lo mismo, vivir de espaldas al mundo, convertir la excentricidad en moral y la trivialidad en ética, habiendo perdido la alegría como trinchera de Benedetti o robado la primavera de Neruda— . El ególatra que solemniza, incluso, lo evidente; o el burlón que se convierte en una caricatura de sí mismo.

Ahora, en esta época nuestra —donde nunca es igual para todos, y siempre son los mismos, por arriba o por abajo— en la que tanto se encanallan las palabras, y se enaltecen los odios fruto de la ignorancia y el rencor, y tantos se engalanan en banderas que olvidaron y olvidan, siempre, a los olvidados, hay artistas que se vuelven aún más imperecederos y urgentes. Uno de ellos, para los que todavía se acuerden de ese disco que huele a tabaco y madera de sotanillo —hoy transformado en uno de esos bares de copas que aparecen en la ciudad como flores en las praderas— , es “el ínclito, el maravilloso, el de los dedos vertiginosos, el rock duro de Javier Krahe”.

Hace ya casi cinco años que Zahara de los Atunes le vio morir de un infarto, pero aún quedan canciones que resisten indemnes el paso del tiempo. La más trágica, por su recurrencia y porque niega la ilusión del porvenir
—ese difuso bosquejo trazado en el horizonte— es la mítica, celebrada y perseguida Cuervo Ingenuo —“gringo ser muy absorbente”, qué tiempos, ¿no?— . Pero, quién ha leído o escuchado las canciones de Krahe sabe perfectamente lo injusto que sería imaginarle como un cantautor protesta: la resistencia, a veces, justificadamente por su falta de apoyos en el largo invierno, y otras por el excesivo decoro de su folclore, tiende a simplificar la profundidad de una obra, diseccionando y eligiendo aquellos que le es útil y olvidando lo demás.

Dijo un día Sabina que “Javier Krahe es un lujo que este país no se merece”; y tenía razón, porque incluso en vida hubo muchos que se empeñaron en no comprender su música, acusándolo, a la carta de quien degusta, de rojo, poetilla o frívolo —los grandes, y no quienes les imitan, sufren la incomprensión de quienes ensalzan lo puro, generalmente lo suyo; si no, que se lo dijesen a Camarón cuando sacó La leyenda del tiempo—. Parte de los que declaraban fervorosos izquierdistas, hasta ilustres presidentes del gobierno, arremetieron contra él en su momento; hoy despachan desde su atril, con el mismo fervor —que es al mismo tiempo lo único que conservan
— , contra aquello que dijeron defender en su tiempo, olvidando su término. No tuvo el beneplácito de la crítica, que antes, no como ahora, dictaba por orden y designio de cuatro gurús lo bueno y lo malo, mientras Krahe seguía llenando sus salitas y tocando en el Café Central con cada disco que presentaba, lejos de focos y grandes escenarios. Los poetas de su tiempo llegaban, incluso, a despreciarle sin entender que se pueden recitar, porque Krahe apenas cantaba, en una melodía estos versos: “el porvenir, posible e indeciso,/ el ayer tan seguro, le consulta/ el hoy por hoy me entregan y resulta/ un hoy por hoy de límite impreciso”, con lo que tiene el género canción; y, al mismo tiempo, desatar la carcajada hablando de ese célebre “Burdo rumor”, “El Cromosoma”, en el día de “El dos de mayo”.

Si algo puede distinguirse en la obra de Krahe es que no existe una canción que resuma su espíritu: su ambivalencia, su combinación del trascendentalismo con el humor, la dualidad irreductible, en última instancia, le definen. A la meticulosidad frente al verso, que tantos destacaron en él, confronta la inexactitud de su categoría. En sus letras, muchas veces, deambula un poso de angustia, un temor a la muerte que quién lo padece suele poseer un don para reírse de la vida, y de sí mismo; y eso siempre es más inteligente que obcecarse con la tristeza y la agonía. A mí me gusta pensar que era una esas personas, de esas buenas personas, que al mirarse en el espejo se sacaba la lengua a sí mismo antes que ataviarse. Se declaró, por encima de nada, antes que algo, “brasseniano”, a quien dijo no llegar a conocer, pese a todo. Discípulo de ese genio anarquista al que tanto quiso, dejó escrito sobre George Brassen una guía para conocerle a él mismo, Javier Krahe: “prefiero el libro en el que sólo aparecen las letras de sus canciones. A través de ellas es como creo haberlo conocido realmente”.

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