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Tenemos que hablar de Raymond Carver

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Leyendo a Raymond Carver —en concreto la recopilación de relatos titulada Catedral, editada por Anagrama— uno se percata de lo difícil que es retratar la realidad y hacerla atractiva cuando sólo estás narrando situaciones, ambientes y conversaciones que todo el mundo ha tenido alguna vez en su vida. No existe sorpresa, o elementos novedosos en sus relatos —son pequeñas historias que podrían o nos han pasado— que puedan sorprender al lector. ¿Cómo conseguir que, pese a sus aparentes desventajas, uno no pueda dejar de leer sus historias?

Por un lado tenemos el estilo, la forma que tiene Carver de desplegar su particular narrativa. Con un estilo sobrio pero fiel a lo que él observaba a su alrededor, a lo que escuchaba en conversaciones con amistades, a las cartas que recibía; con esos ingredientes se convierte en locutor de la realidad, un pintor de escenas cotidianas de la vida norteamericana. Es precisamente esa cotidianidad, pincelada con la sencillez de ese estilo claro y sin ambages —una tara muy presente hoy en día en la literatura contemporánea— lo que consigue la mezcla perfecta para que las pequeñas tramas fluyan con naturalidad.

Sus narraciones tienen respiración y la podemos notar. Al mismo tiempo, y lo que hace increíbles sus historias, cada palabra y frase aglutinan la profundidad del ser humano cuando es golpeado por la vida; sus personajes son seres que sufren, que están desamparados y luchan sin éxito por salir adelante. Hay mucha resignación ante lo frustrante de la vida en los escritos de Carver, deudor del escritor ruso Chéjov —del que se consideraba su máximo admirador y que siempre nombrara como principal influencia— en lo que refiere al papel de la desgracia, patente o sumergida, como motor de los actos y reflexiones de los protagonistas.

Los protagonistas son el otro gran factor de la atracción por Carver. Es, de hecho, su punto fuerte a la hora de identificarnos con sus historias. Mujeres y hombres perdidos en la inmensa llanura de una existencia oscura, dura y cruda; esa existencia que es la realidad retratada en los cuentos, de una brutalidad subyacente y que revolotea a través de los párrafos como un buitre esperando su festín. Y debajo encontramos personajes abrumados por unas fuerzas invisibles, por un azar que no pueden controlar y del que son simples marionetas.

No pueden hacer nada y asisten, en calidad de observadores pasivos, al desmoronamiento de sus vidas. Carver a veces lo narra en el propio cuento o lo deja implícito, pero siempre hay un caos en las vidas de los y las protagonistas.

Como resultado se ven abocados a vivir de forma errante, buscando soluciones que no llegan nunca y persiguiendo anhelos que jamás conseguirán. Lo que se nos muestra es la superficie, y por debajo bullen las verdaderas entrañas del mundo. El llamado realismo sucio encontró en Carver uno de sus máximos exponentes a la vez que pioneros, lo que le valió un reconocimiento público a su carrera literaria que por desgracia su prematura muerte truncó.

Valga como ejemplo uno de los cuentos, titulado Conservación. La trama no puede ser más sencilla: un hombre es despedido del trabajo y pasa las horas muertas en el sillón de su casa mientras la mujer hace vida normal; un buen día, la nevera se estropea y han de cocinar la carne mientras esperan a que llegue la noche para acudir a una subasta en busca de una nevera nueva.

No hay nada más, esa es la historia. No hay revelaciones sorprendentes, ni giros inesperados, tan sólo un tío en el paro que hace el vago, una mujer que consiente de algún modo y un electrodoméstico estropeado.

Con estos sencillos ítems Carver hilvana una narración sólida y que adquiere un carácter líquido, con frases que se vierten una tras otra y en las que el lector advierte una desidia subterránea en la figura del hombre, que no se mueve del sofá.

El mueble representa la derrota, la desidia, la eterna debilidad del ser humano ante los designios aciagos que muchas veces nos depara la vida; es el miedo a enfrentarse a las pruebas del paso del tiempo. Todo eso queda encarnado en la figura del sofá, y él se pasa las horas encima.

Forman parte el uno del otro, casi se diría que están en cierta forma fusionados. Hombre-sofá, sofá-hombre. Es un cuento sobre la claudicación —de ahí la criatura híbrida como representación de lo que llevamos las personas en nuestro interior—, sobre la derrota en cualquiera de sus vertientes o formas, y su asimilación paulatina —tanto de él, que se abandona, como de ella, que se resigna a aceptar tal comportamiento—; y sin embargo no es un drama directo, queda disfrazado en un retrato bucólico, simplista a primera vista, de unos días en la vida de un matrimonio común.

Tienen nombres americanos, y viven en Estados Unidos, pero esa historia con otros nombres y lugares seguro que la hemos escuchado de alguien o incluso hemos sido nosotros los protagonistas.

Y así con todo lo que podáis leer del escritor norteamericano. Historias corrientes como una primera piel del germen de toda realidad, un envoltorio lo suficientemente traslúcido como para dejar mirar más adentro. El día a día como pequeño plató de las miserias humanas. Eso es el realismo sucio. Ahí, en la fascinante cotidianeidad de los hechos, que esconden lo funesto de nuestra existencia, radica el encanto de Raymond Carver.

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