Cultura

Stranger Things, la nostalgia y el presente

Comparte este post

Háganme un favor, dejen que me vaya a dormir de esta época y despiértenme en los años 80. Gracias. ¿No es posible? Lástima, escribiré para quitarme este mal sabor de boca.

A estas alturas de éxito de canales como HBO o Netflix, muchos de los consumidores de a pie habrán oído esa comparación que asegura que las series de nuestros días son el equivalente a las gruesas novelas decimonónicas. A grandes rasgos no me parece una mala comparación por lo que suponían esas novelas (y suponen todavía hoy para cualquiera que se adentre en sus páginas); un producto cultural de fácil acceso; un viaje iniciático de largo recorrido, una montaña rusa emocional, el apego a personajes con los que te encariñas, con los que sufres, a los que odiarás. En definitiva, una experiencia de peso y poso que difícilmente te proporciona una novela breve o una película que rondará los 120 minutos (por muy buenas que sean). Y sí, Stranger Things de los hermanos Duffer encuadra perfectamente en la analogía anterior.

Escribo estas líneas a veinticuatro horas de distancia de haberla acabado (no hay que ser muy aguililla para comprobar que no le hinqué el diente demasiado rápido, pero es que voy a confesarlo ya, no soy un seriéfilo/serieadicto de primera, ni siquiera creo que de segunda y pido disculpas por mi pecado), y tras haber visto religiosamente un capítulo cada día debo decir que está maravillosamente bien escrita. Con esa base resulta difícil estropear un producto al que por otra parte no le encuentro más pega que el temor a una segunda temporada donde se baje el nivel.

Ahora bien, decir que está bien escrita no es decir mucho y aunque tampoco es que vaya a decir demasiado con lo que sigue, quiero apuntalar mi afirmación con algunos detalles. Detalles que por cierto pueden ser considerados spoilers, tal vez nimios, pero spoilers al fin y al cabo. Avisado queda, por si avisar sirviese para que no se me acuse de cosas tan terribles como revienta series. Pero al caso con esos detalles.

El primero que quiero destacar es un símbolo: una peluca. Si la memoria no me falla es en el capítulo sexto cuando aparece la peluca rubia que utilizará Once. La niña  protagonista se ha comido hasta ese momento la pantalla desde su cabeza rapada, pero para quien la observa desde dentro de la historia, no deja de ser una freak, una pobrecita. Y esa peluca que se pone la normaliza, hace que la mirada adulta le perdone la vida, la deje de compadecer, pero no solo porque también es su propia mirada la que le ofrece descanso. El desarrollo de los acontecimientos sin embargo no le dará tregua y le hará tomar decisiones por las que tendrá que aceptarse, desechando su normalidad impostada. Tal vez crecer sea eso, aceptar según qué cosas, elegir bien la batalla.

El segundo detalle que quisiera subrayar son los flasback que se suceden a lo largo de la historia. Siempre breves, siempre bien situados, siempre dispuestos a atacar la vena sensible del espectador, pero sin agobiar ni aburrir. El último, el del Jefe Hooper, sirve para terminar de colocarle a mi gusto como el personaje más interesante de la serie, aunque sobre esto habrá opiniones de todo tipo. Una riqueza de opiniones que supone otro acierto más.

La amistad los tres críos (con las fisuras justas entre ellos para que todo avance y se desarrolle a buen ritmo) en busca de su compañero de batallas desaparecido, me parece otro de esos detalles dignos de aplaudir. Como el manejo del amor adolescente que se nos muestra con muchas de sus contradicciones y fragilidades, como el acierto tan novedoso para mí (recuérdese antes de saltar a mi yugular que no soy un gran consumidor de series y que por tanto se me escapan decenas de referentes donde comparar), de que haya apenas una trama, la desaparición de un niño de 12 años, sobre la que diferentes líneas argumentales por su cuenta (los niños, los hermanos adolescentes, la madre, el policía) y riesgo (todos correrán peligro) terminarán convergiendo para dejar el asunto bien resuelto.

Ya se sabe, en el principio y en el final te lo juegas casi todo. Por lo que hasta que no termina el viaje no sabes si en el último momento todo se irá por la borda. Como en Perdidos, sí, donde no zozobrar se hacía difícil. Menciono esa mítica serie no tanto por ser el ejemplo paradigmático manido de final mal resuelto, cuanto por tener como Stranger Things una clave de misterio, un fondo de sucesos extraños que rayan lo imposible, donde hay pretensión de que todo quede explicado. Y Stranger Things para mi gusto lo supera con creces. La imaginería del misterio tal y como se desarrolla, tal y como nos la presentan (papel secundario por cierto pero estupendísimo y necesario el que lleva a cabo el profesor de ¿ciencias? de los niños), me resulta verosímil, y eso es todo lo que se le puede exigir al respecto a una obra de ficción.

Llego aquí a ese punto (¿me pregunto si me acompaña todavía alguien o si ya abandonaron el barco?) que se anuncia en el título del artículo, del que se ha hablado tanto y del que se ha vertido tanta tinta: el mayor acierto de la serie es haber apelado a la nostalgia. Haber apelado, claro, con éxito. Yo nací en los 80 y por esos comentarios favorables empecé a verla, luego la serie hizo el resto por engancharme. Una lista rápida; Dragones y Mazmorras, Tolkien, Carl Sagan, la fascinación por los walkie talkies y las posibilidades de la radio, las investigaciones secretas, los comunistas (vaya, esto sigue estando de moda), los guiños a Stephen King, a Spielberg, a George Lucas…

¿Quién no iba a querer volver a esos días? Al fin y al cabo, aunque el mundo no era mucho mejor (Carter, Reagan y George Bush padre fueron los presidentes de esa década en USA; Margaret Thatcher de Reino Unido; aquí teníamos la Movida pero no nos faltaban problemas; la URSS mostraba a las claras todas sus miserias…), ni tampoco un lugar más seguro (cabría pensar que vivimos en un permanente desastre, en una crisis de valores perpetua donde el milagro es que aún sobrevivamos como especie, no porque nos lo merezcamos, opino), al menos sí que había dos componentes que resulta difícil no echar de menos. El primero es, joder, que éramos jóvenes y teníamos toda la vida por delante. Y el segundo, que éramos ingenuos. Desde la mirada de un niño de los años 80, ¿cómo pensar que para finales del 2016 los coches no volarían, los cyborgs no trabajarían por nosotros, Marte seguiría tan lejos, ni siquiera habríamos vuelto a la Luna, y Trump iba a gobernarnos a todos?

Esto último sí que es un salto casi cuántico, la abertura a un portal que nos conduce a otra dimensión, apelar al monstruo. Pero no al de flequillo rubio oxigenado en particular (en casa por cierto no estamos para hablar), sino al que lo hace posible: esa infinita estupidez que tantas veces se nos recuerda que no tiene límites. Cualquiera lo niega con los ojos abiertos del presente. En fin, cómo no vamos a querer volver a ser niños, a desear de nuevo la inocencia, a creer que las cosas más extrañas son posibles.

Deja un comentario

Entradas relacionadas

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: