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Solo las bestias, la novela noir que huye al campo

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Con cada cambio de año, sin excepción, se suceden los inevitables nuevos propósitos —que fallarán estrepitosamente—, se cierran etapas y se abren otras nuevas. Hay proyectos que se terminan, otros perduran y nacen muchos que, con esfuerzo, correrán mejor suerte que los fugaces propósitos.

El mundo de la literatura no es una excepción; los lectores saludan a las primeras semanas del año con la expectativa de encontrar esas novedades que pueden ser un auténtico descubrimiento. Y es ahí donde suceden los nacimientos inesperados. Esto último, crear nuevos proyectos, es lo que ha hecho la editorial Principal de los Libros al inaugurar su nueva colección, Principal Noir, con la publicación de la novela Solo las bestias; escrita por Colin Niel y que ha supuesto un auténtico bombazo en Francia. Una lluvia de premios le ha precedido a su llegada a nuestro país.

Con un currículum plagado de reconocimientos y que no para de aumentar —Premio Polar del Quais du Polar 2017; Premio Polar Landerneau 2017; Premio Cabri d’Or 2017; Premio Goutte de Sang d’Encre 2017— la piedra de toque para empezar esta nueva aventura literaria era inmejorable.

La premisa con la que arranca la historia de Solo las bestias no es complicada, ni tampoco novedosa: «Évelyne Ducat, una mujer rica y caprichosa, ha desaparecido. Encuentran su coche en la carretera a un pueblo rural, donde malvive una comunidad de campesinos, tan solos y olvidados como las montañas nevadas que los rodean. Alice y Michel sobreviven a la rutina. Cuando ella entabla una relación amorosa con Joseph, otro de los ganaderos de la región, nadie sospecha que la muerte de Évelyne esté relacionada con eso. Pero los hilos que unen a los habitantes del Causse son como los fríos vientos de las cumbres: implacables y destructores.». Se puede observar a simple vista que nos hallamos ante los clásicos elementos de una novela policíaca: una desaparición, unos protagonistas cuyas existencias se cruzarán con ese caso… si acaso con la excepción de estar ambientado en el mundo rural, que puede aportar un toque distintivo.

La trama echa a andar de un modo básico, presentando el escenario y la vida de la protagonista, Alice, en un escenario rural que, si bien se nos muestra en varios pasajes, no ahonda demasiado en él; llegan algunos errores de la protagonista mientras la trama policíaca flota en el ambiente. El autor deja pistas mediante frases cortas: vendrán giros inesperados.

El resto de capítulos están narrados por otros personajes —Joseph, Maribé, Armand y Michel—  que poco a poco se van diluyendo en un foso común de la trama. Cada parte tiene un tono diferente —el de Joseph, por ejemplo, es en un principio novela costumbrista de ámbito rural, con un ritmo pausado y que no tiene prisa; pese a ello conforme pasan las páginas y los acontecimientos esa pausa se acelera—, si bien el nexo de unión va tomando forma conforme las pequeñas tramas que tienen avanzan hacia un punto en común. Porque siempre terminan por converger en una misma dirección pese a partir de sitios muy distantes.

Hablemos ahora de un punto espinoso en el género noir, al menos en la actualidad: la aparente necesidad que parecen tener todas las novelas policíacas por atar cada uno de los cabos lo que las lleva a crear unas casualidades que tienen más de novela austeriana que de policíaca. Para ser más concretos esos hilos invisibles que parecen atar a la gran mayoría de personajes que desfilan por la trama; de un modo u otro hacen honor a la famosa teoría de los seis grados de separación —hipótesis que intenta probar que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios—, de manera consciente o no. No tiene por qué ser algo negativo, pero sin embargo se viene observando en el género esa tendencia a que todas las figuras protagonistas estén relacionadas más allá de lo que pueda hacerlo el crimen en cuestión. Esos mencionados hilos invisibles les atan ya sean víctimas, verdugos o investigadores, llegando a niveles que pueden resultar algo forzados. Ahora bien, aunque en Solo las bestias tal vez encontramos algo de esa causalidad camuflada de casualidad, es lo suficientemente sorprendente como para dotar a la historia de unos giros necesarios. Funciona a la perfección. Al mismo tiempo, la variedad en los registros narrativos y su interconectividad paulatina ofrecen una curiosa experiencia al lector.

La influencia del paisaje, duro y frío, se deja entrever en muchos diálogos; en contraposición los sentimientos que se desatan en algunas de las relaciones sirven de contrapunto a ese entorno hostil y desolado. No se trata sólo una novela sobre gente de campo; en las escenas flotan unos instintos que casan más con las entrañas, con esa fuerza que escapa a todo razonamiento —queda muy definido en el devenir de uno de los personajes— y retrocede hasta unas expresiones que nos resultan universales, atemporales. Hay algo de esa inmortalidad en los personajes que dibuja Niel con trazos superficiales pero que saben mostrar lo importante. Por tanto, la mezcla entre psicología y paisajística fluye de un modo natural y se explica sin tener que ser detallada.

Precisamente esa ambientación parece regar también el ritmo de una trama que nunca se vuelve alocada, sino que deja que los acontecimientos se posen como copos de nieve en el suelo y poco a poco vayan conformando una firme y gruesa capa. Así se llega a la resolución de la historia, en la que todo conecta sin aspavientos ni frenesís que nada tendrían que ver con las doscientas páginas anteriores —algo de lo que pecan algunas novelas contemporáneas, esa necesidad de tener un final digno de cualquier serie de televisión—; Solo las bestias es fiel a su espíritu calmado y no se deja llevar por las prisas de un mundo que no parece querer recordar que muchas veces el tiempo tiene otra manera de andar.

Para terminar, no debemos obviar el que quizás es el gran mensaje de toda la novela y que sin duda traspasa la trama principal: lanzar un pequeño mensaje de socorro para todos los que habitamos en las grandes ciudades para que sepamos el mundo rural agoniza y no deberíamos dejar que desapareciera, pues lo sepamos o no todos nosotros —y aquí no hay teoría de los seis grados de separación sino la realidad— venimos de ese mundo que nos parece tan distante y que al mismo tiempo tenemos al alcance de nuestra mano.

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