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Venganza (Isabel Fernández Lindo)

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Cuando le imploró que la desconectara de la máquina, para dar fin a su agonía, él no pudo reprimir la desafiante sonrisa. Ni siquiera fue capaz de fingir un solo gesto de compasión hacia ella. Ahora, el olor nauseabundo de los medicamentos le llegaba con un regusto dulzón, que no saboreaba desde hacía mucho tiempo. Había esperado ese momento como un animal acecha agazapado a su presa. Cerró la puerta de la habitación, y se marchó dejándola aferrada a la máquina que agotaría el resto de sus días.

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