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Triste Libertad (María Esther Meñique Perón)

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Isabel deseaba huir de allí, pero el miedo a dormir en la calle podía más que sus deseos de libertad. La crisis le quitó el trabajo primero y después todo lo demás. Finalmente pidió ayuda a la Diputación de Bizkaia. Fue como salir de la sartén para caer en la brasa.
Los domingos ya no paseaba: tenía que limpiar los cristales del hostal donde le habían encontrado cobijo, después lavaba los manteles y, por último, la obligaban a esperar sentada sola y en un rincón hasta la hora de comer.
El trato no era muy agradable, los compañeros tenían problemas psíquicos e Isabel se preguntaba si ya estaban así antes o si se habían vuelto así del sufrimiento.
Hasta que un día, se levantó con una gran sonrisa que nadie entendió. Después sabrían que había encontrado una lata de gasolina en el garaje. Después sabrían que las carcajadas que se oyeron eran suyas y los alaridos los emitía la asistenta social. La alarma obligó a todos los curiosos a evacuar y no pudieron cotillear hasta el día siguiente.

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