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Tijeras (Rosa Yáñez)

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Me regalan las tijeras que -dicen- cortaron mi cordón umbilical. Es un regalo extraño y me cuesta mucho decidirme a usarlas. Finalmente concluyo que no puedo darles un uso muy distinto de aquel para el que fueron creadas, así que las estreno cortándome las uñas de pies y manos.

Luego, un día, me resulta irresistible la idea de cortarme el pelo y también uso estas tijeras. Con los pies desnudos rodeados de guedejas y la cabeza pelona empieza a rondarme un nuevo plan: días después resuelvo que puedo prescindir de mis meñiques.

Uno empieza estas cosas y no sabe cómo parar: siguen los demás dedos por orden, primero los de los pies y luego los de las manos -salvo los que manipulan las tijeras-, más adelante las orejas y enseguida las piernas y el brazo izquierdo. Quedo poco yo pero mi esencia me parece sorprendentemente íntegra, condensada como un inesperado milagro en este retal de cuerpo que queda. Las tijeras brillan entre mi único pulgar y mi último índice. Ahora voy a por el cuello

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