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Todo se arreglará (Elisabet Jiménez)

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La suciedad de los cristales apenas permitía ver el exterior, eso nos daba un poco de intimidad. Las personas pasaban a escasos metros sin reparar en nuestra presencia. Dentro del coche olía raro y empezaba a agobiarme el reducido espacio. Como cada mañana, ella me despertaba dulcemente, íbamos al bar más cercano donde me lavaba la cara con un agua muy fría y me hacía beber un vaso de leche caliente con media tostada que yo devoraba en silencio. Mientras, ella miraba el periódico y subrayaba anuncios de grandes letras negras. No comía, apenas tomaba nada, alguna vez un vaso de agua que bebía a pequeños sorbos. A mis seis años, no entendía muy bien porque no podía dormir en mi cama, pasar horas en la bañera jugando hasta salir arrugado, dormir en mi cama en vez de en el asiento del coche, comer mis cereales favoritos…pero no preguntaba, porque era incapaz de afrontar la triste mirada de mi madre, tratando de convencerme de que todo se arreglaría ahora que él ya no estaba.

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