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Un santo moderno (Belén Conde Durán)

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Lo había dado prácticamente todo; tanto que solamente le habría faltado entregar el alma. La modesta fortuna que sus padres hicieran con sus ultramarinos la había repartido entre distintas casas de huérfanos y de niños con enfermedades raras. Había expendido su coche, un Golf negro, para pagar los gastos de las madres solteras y de sus hijos en la comunidad de vecinos donde solía residir. Envió una gran suma de dinero a los países más necesitados, asegurándose, eso sí, de que el peculio llegase realmente a su destino. Retirado con sesenta y ocho años, vivía en la calle, escuchando las desventuras ajenas e intentando siempre socorrerles, ya no con dinero —pues se le había acabado—, sino con la peculiar influencia de un patriarca de la generosidad. Cuando le preguntaban los transeúntes que habían oído su historia si le daba igual vivir de la caridad, durmiendo en centros sociales o comiendo cuando le dejaban, siempre decía lo mismo:
—Todo está bien cuando uno siente que puede ayudar.

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