Signo editores / Literatura a Mil

Roma (María Eugenia Hernández Grande)

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Roma se quemó y no hicimos nada.
¿Qué podíamos hacer?
Si la prendimos nosotros mismos
y, como buenos pirómanos,
la contemplamos arder.
Cenizas de adiós cubrieron mi alma
al ver ese altar, donde te adoré,
perecer entre gloria
directo al infierno.
Y es que yo, sin ser creyente,
te inventé mi Dios.
Sí, con mayúsculas.
Quizás por eso cumplí penitencia.
Era profano compartir cama
con algo sagrado.
Sacrílego, besar el cuerpo
de quien te ha creado.
Pero tus pupilas incendiadas,
por pasiones divinas,
me retaban impías
cuando parecían decirme
“Ven, engendra conmigo
al hijo del mal”.
Y no hay humano que resista
a la tentación del pecado.
Qué te voy a explicar
si tú, como buena deidad,
conoces de sobra mis faltas.
Pero el castigo no cesa.
Roma todavía sigue
resplandeciendo a lo lejos.
Tu esencia divina sigue
flotando entre nieblas.
Y yo aún reverencio
la santidad de este incendio.

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