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Rojo intenso (Carmen Hernández Montalbán)

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Ocurría tras la siesta, cuando la canícula se derramaba en la tarde, adormeciendo los cuerpos como el opio más puro.
La casa siempre en silencio, un silencio apenas roto por el crujido de algún mueble. Caminaba despacio, sintiendo que el deseo se precipitaba sin remedio. Espiarlas cada tarde, se había convertido en un ritual secreto que ponía en alerta todos sus sentidos. Su cuerpo entero, como un animal al acecho, esperaba el momento oportuno sin emitir el gemido de placer que ya se anticipaba, al presentir la succión enloquecedora que lo transportaría.
Él se desnudaba sin prisa, se acomodaba tras ellas saboreando su contorno. En ese momento tenía la certeza de que el placer quemaba, que su cuerpo era fuego y ellas apenas unas briznas de heno seco presto a arder. Su boca buscaba la profundidad de la espiral que lo engulliría como una hoguera. Tras el mordisco la luz se tornaba rojo intenso y el lecho era un navío navegando en un mar de llamas.

1 comentario

marian orruño 18 julio, 2016 Responder

Hermoso texto Carmen, ingenioso e inteligente

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