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El rey caído (Carlos Valenzuela)

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Deberíamos dejarlo aquí y marchar”. Sus susurros apenas llegan a mis oídos. ¿Acaso temen al moribundo? Cuchichean como comadres alrededor del lecho del difunto. Ahora desprecian al que les trajo al mundo por segunda vez. Sin mí, aún estarían pudriéndose en las minas.
Quién iba a pensar que un caballo encabritado me derrotaría con tanta facilidad, a mí, aquel que entró espada en mano en los salones de Aquenon y yació entre sabanas de seda con la esposa del difunto Celefonte, aquel a quien hubieron de rendir pleitesía a pesar de haber nacido esclavo. “Marchemos. Él haría lo mismo de ser tú el que yaciera en el suelo con la espalda rota”.
No hay fuego que nos caliente, para no delatarnos ante las cuadrillas que nos dan caza. El frío suelo devora mi calor y se alimenta de mí, como las sombras se alimentan del miedo de los niños. Mis perros se marchan sin mirar atrás; pronto llegaran otros lobos de fauces más temibles, cuyas dentelladas no son dadas por bocas llenas de traición.

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