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El primer segundo del año (Carlos Roma)

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El reencuentro navideño entre primos y hermanos despertaba alegría y añoranza en la antigua mansión de los Mayer. El difunto Steven, mi abuelo, desarrolló una fervorosa pasión por la producción de relojes y rápidamente se creó un nombre en la sociedad inglesa. Tras años de progreso, nació una costumbre particular todos los 31 de diciembre. Steven ponía en hora los miles de relojes de su casa y dos minutos antes de la medianoche, reunía a sus allegados y entonaba: “Vivimos nuestras vidas haciendo, ajenos a que cada segundo pertenece al señor del tiempo; aprovecho ahora que todavía los tengo y les digo que les quiero y envejezco; no para hacerles daño sino para escuchar el sonido del primer segundo del año…”. Y en ese preciso instante, se iniciaba una estruendosa melodía de campanas que inundaban la habitación y te helaban la sangre tras comprender lo insignificantes que somos en comparación con el tiempo; mientras llorando repetíamos “un año más, un segundo menos”.

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