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El picazo del cuervo (Alexander Vórtice)

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En Ataka la existencia pasa despacio. Antón Moore a veces calibra con cierto encanto su vieja máquina de escribir hasta convertir la ruda resonancia de la noche en un estado poético digestible: “El picazo del cuervo arrolló la nauseabunda idea de continuar prosperando en vida”, escribe Antón, al tiempo que en las nubes del grisáceo horizonte se forma la imagen de una calavera común. Después, tras el hartazgo que produce escribir para uno mismo, Moore se sirve una copa de whisky barato y se sienta en el sofá (mordisqueado fielmente y durante décadas por las ratas que habitan en el desván). Hay noches en las que reza un par de oraciones simples a las musas de su pasada juventud; en otras ocasiones, se levanta del asiento enfurecido consigo mismo al ser consciente de que jamás -“en su puta vida”- ha logrado rasguear un verso digno de ser encumbrado por las profusas curvas de una striper veinteañera o por la moña perenne de un broker de Nueva York.

2 comentarios

Oana Belibou 2 julio, 2016 Responder

Hermoso, monólogo para uno, es el peor enemigo del Artista, escribir y tener la Valentía de publicarlo es Memorable y solo los Grandes Maestros lo hacen! Bravo por tu Valentía Amigo Alexander! Un Abrazo!

Reme 9 julio, 2016 Responder

Es cierto que a veces uno se enfrenta al papel en blanco con hartazgo y pensando que ya todo esta dicho o que uno mismo repite incansable el mismo tema… Un gusto leerte, dejo mi voto para vos.

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