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Padre Nuestro (Rita)

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Tenía miedo, pero me armé de valor y con un hilo de voz, que se abrió hueco entre los cristales que aguzaban mi garganta, le dije que estaba embarazada. ¡Zorra!, oí antes del estruendoso chasquido de su mano hueca abofeteando mi cara. ¡Qué vergüenza para la familia!, vociferó. Que si ya decía él que no tenía edad para andar con chicos, que si la culpa era de mi madre, otra libertina como yo. Las dos manteníamos la cabeza gacha. Ella resignada, yo acobardada, deseosas ambas de que la tormenta de insultos amainara. Su siguiente amenaza “hay que casarla” llegó acompañada de una auxiliadora valentía, inaudita en mí. Alcé el rostro y mis labios escupieron los narcóticos dardos que sedaron para siempre su boca: No permitiré que cargues en otro tu propia culpa, padre.

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