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Murallas (Francisco Castro)

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La imparable mañana de mayo se erguía poderosa sobre la vía en la que un viejo tren circulaba con lentitud. El traqueteo casi lo estaba logrando adormecer, pero su ánimo, excitado por el anhelo de encuentros, era imperturbable al sueño, la sed y el hambre desde la noche anterior. Contaba las estaciones de manera automática, ya quedaba poco para llegar al destino de primaveras presentes alimentadas por el deseo. Conservaba el intenso olor a vainilla envolviendo oquedades de semanas anteriores. El aroma a momentos de descubrimiento, de cicatrices cerradas en falso por tiempos en los que él no estuvo y que ahora deseaba sanar para la eternidad de cielo profundo que iban a vivir. Los cerezos cuajados de flores se sucedían vertiginosos por los sucios cristales de la ventanilla; podía sentir el futuro sabor de las jugosas cerezas que surgirían en breve.
Bajó en la estación. Los nervios comenzaron a desgarrar brutalmente sus tripas. Miró hacia la muralla en la que ella esperaba.
No estaba.

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