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Muñecas rusas (Francesca Pujol Figuera)

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Sara no era la mayor, pero sí la más grande. “La bizca” jamás tuvo otro nombre. Sin embargo no le molestaba. Maribel no llamaba nada la atención. Decían que venía de Albacete, que allí era madre soltera. De Madrid llegó Irene, hija de un militar ceutí y toledana. Sacramento era muy pequeña, sin eufemismos: era enana. Pero su desproporción le ayudaba a moverse rápido, a levitar casi. Le encantaba que la subieran en brazos y la mecieran junto al corazón.
Eran cinco y habitaban aquel barrio marinero sin miedo a nada. Allí cosían y bordaban, hacían dobladillos, tejían, remendaban sombreros.
Sin embargo, algunos vecinos sabían que de puertas para adentro las cosas eran distintas. Utilizaban la clave “muñecas rusas” para hablar de ellas, sus risotadas se oían hasta en la iglesia.
Aquel día las cinco levantaron sus cabezas al unísono: se quedaron boquiabiertas cuando escucharon en el viejo televisor aquel “Franco ha muerto”. No se atrevieron a sonreír por fuera.

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