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Mastro Titta (Concha Montes)

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Solía registrar en una libreta tosca el nombre de sus pacientes, la causa que los había llevado hasta él, cuál había sido el tratamiento recibido y la hora en que se lo administró. Incluso a veces, con una letra punzante y diminuta, anotaba en el borde de la página algún detalle más, como el vacío férreo con que alguno lo había mirado, o el movimiento agitado y vibrante de alguna mano insurrecta, o tal vez la última palabra del desdichado.
Y solo cuando la guillotina volvía a estar impoluta y en su sitio, regresaba a su casa sin pérdida de tiempo, a pintar las sombrillas que su mujer vendía después a los turistas, alegrándolas con delicadas florecillas de todos los colores.

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