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La espalda sospechosa (Juan Gaudenzi)

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Caminaba por el centro cuando alguien grito “¡ese!”. Unos minutos después estaba incomunicado en una sala de interrogatorios.
Por las preguntas deduje que se les había escabullido un terrorista. Para todos estaba claro que no era yo.
Pero mi interrogador tenía un “ese” y no estaba dispuesto a desaprovecharlo.
Además poseía la declaración del testigo. “Alcancé a ver su espalda perderse entre la multitud”.
Ante el peso de semejante evidencia decidí colaborar. Sí; por aborrecible que resulte, convertirme en un traidor de una parte de mí mismo.
-Cuando salíamos se encorvaba para resultar menos visible. Descarté consultar a un ortopedista al comprobar que prefería moverse pegada a las paredes. Me ha acompañado desde antes de nacer pero si es culpable debe caer sobre ella todo el peso de la ley. Cuando encuentren la forma de llevarla ante la justicia sin involucrarme en sus andanzas me avisan.
Dicho lo cual firmé una declaración y quedé en libertad provisional.

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