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Kamadeva (Raquel)

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Vuelvo a mi vida, esa vida apenas abandonada durante unas horas. Introduzco la llave en la cerradura y regreso a todo lo conocido, a lo anodino y a la vez necesario, a lo aburridamente cierto.
Cierro los ojos y todo eres tú, todo es tu piel junto a mi piel, tu saliva mezclada con mí saliva y ropa de cama tratando de apagar gemidos entre las cuatro paredes de tu habitación. Retorno de nuevo de uno de esos breves encuentros contigo y mientras la llave se desliza dentro de este hueco que separa la cordura del delirio, pienso que tú eres esa misma llave, pero completamente antagónica. Tú, introducido en mí, me abres a lo desconocido, me centras en lo esencial y a la vez incierto. Así pues, vivo en las certezas, sorteando el constante bullir de mis pensamientos donde tú te eriges como ese dios omnipresente e intangible, ese dios hindú del deseo llamado Kamadeva, a cuyo verbo me abandono, me abro por entero para que habite en mí, para que habites en mí transformado en un mero y carnal mortal.

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