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Jardín de la armonía (Sarah Fernández Oña)

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Hay aquí una música que es la madre de todos los pianos, de todas las liras sonoras y de todos los cantos de las sirenas que, afónicas de melancolía, no pudieron salmodiar a Ulises en tiempos pasados. Aquí las estaciones cambian con ternura, pero en el tiempo no se percibe el cambio, pues todo está igual de quieto cada vez que vengo. Al correr el viento lo creo yo. Al bailar la felicidad inunda mi rostro. Puedo liberarme tan deprisa que a veces se siente similar a volar. Hay escaleras al cielo que producen una caída infinita.

Es mi imagen de felicidad.

Y de repente, entre toda esa parafernalia celestial, entre el olor a hierba húmeda, entre las margaritas y las azucenas, entre el perfume de vainilla y las enredaderas de la jaula de cristal, me doy cuente de que estoy tremenda, e inevitablemente sola.

Es mi jardín de la armonía y yace dormido en un apartado secreto de mi pequeño corazón. Al igual que yo muero dormida en él cada vez que, allí, al fin, consigo encontrarme.

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