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Inútil confesión (Juan González de las Casas)

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El tío Alex conoció a la baronesa por azar. Y me lo contaba en su residencia, mientras yo admiraba la belleza de la prima Rocío. Me pidió que cerrara la puerta del gabinete.
Mientras tía Emily recibía a los invitados, me habló de nuevo de la baronesa, alegre, divertida, de su pequeño pecho desnudo bajo la blusa, desabotonada lo justo para adivinar su mágico perfil dibujado.
Con un rumor de voces al otro lado, recordó su viaje a Estambul, el viejo hotel de madera, las mañanas por Kapalıçarşı. Sin pudor, regresó al pecho de la joven baronesa, a sus oscuros pezones llenos de sabor, a su perfume… a cómo tía Emily le preguntó, a su regreso, qué tal los negocios en Estambul.
‒ Entonces, ¿tía Emily…?
Dio por terminada su historia.
‒ Adiós, sobrino.

Abrí la puerta, me giré hacia el gabinete y pude ver el ataúd. Puse la mano sobre la mortaja y creí percibir un suave latido. Retiré mi mano, pues me pareció que tío Alex iba a hablarme de un momento a otro.

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