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El helado (Angel Fabregat Morera)

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Los días de verano cuando el sol se apacigua, Damián con sus noventa años suele bajar solo al parque y se sienta para ver pasar a la gente. Aquí casi cada día se repite el mismo trasiego. Pero hoy una niña ha improvisado un carrito de helados al lado de uno de los columpios. A cada momento ofertaba de viva voz diferentes tipos de cucuruchos, mientras su madre leía en un banco cerca del anciano. Poco a poco, otras niñas y niños de edades muy parecidas van comprando y degustando con graciosos ademanes dichos sorbetes. Al hombre le hizo tanta gracia que se levantó y arrastrando sus pies a cada paso, le pidió a la niña un cono con dos bolas: una de nata y otra de fresa. La muchacha titubeó, pero le dio el helado que había pedido en mano. Entonces, él cerró los ojos y sacó su lengua con la intención de rebanarlo. La madre al verlo le increpó por sacarle, de manera obscena -según dijo ella-, la lengua a su hija. Aquel momento se derritió entre sus decrépitos dedos con toda su cremosidad.

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