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Guardián y verdugo (Estefanía Granados Humanes)

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Entre lágrimas, Diondra desbloqueó el teléfono móvil. Al elevar la mirada, los mechones negros que entorpecían su visión se apartaron, permitiéndole observar una última vez a su más querido y retorcido amigo, la criatura sin nombre y de voz exigente. Desconocía todo sobre él pese a llevar años confiándole su vida, ¿pero cómo no hacerlo? La hizo sentir segura de su familia, la protegió de sus amigos y del mundo entero.

Él le rugió palabras de odio y de amor. La agarró del cabello, y también la acarició mientras juraba amarla. La joven, aún intimidada por la idea de romper su silencio, pulsó el botón de llamada, lo que provocó la cólera más profunda en su acompañante, que hincó los pulgares en su garganta para impedirle hablar.

—Mamá—balbuceó Diondra cuando descolgaron la llamada—, yo. Yo. Necesito ayuda.

La confesión desterró a su amigo hasta el rincón más lejano, desde donde la oyó decir adiós. A él. A la dependencia de su poder.

Adiós a su trastorno, guardián y verdugo.

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