Signo editores / Literatura a Mil

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Salí a correr cuando todavía no había amanecido. A la altura de los nogales, donde el río se ensancha, vi que hacia la mitad del puente algo se movía. La luz era débil, pero pude distinguir un hombre con ropa deportiva. Advertí que se alzaba sobre la baranda y se pasaba hacia el lado sin protección, se paralizaba y se ponía a ver el río. Le silbé: el sonido rebotó en los árboles; el hombre levantó la cabeza y yo moví los brazos. Su respuesta fue un salto de cabeza al río: en un segundo el agua se lo tragó. Resolví llegar al puente por la colina, en busca de una señal que me explicara lo que había pasado. Crucé hasta el punto donde estaba. Me pasé al otro lado, elevándome en la barandilla y parándome en el borde, justo sobre el lugar que antes habían ocupado sus pies. Sólo vi el río fluir debajo de mí. Me espabiló el sonido de un agudo silbido. Alcé la vista y vi a un hombre en el camino que agitaba sus manos, vestía como quien ha salido a correr. Entonces cerré los ojos y me lancé…

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