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Ex duobus (Concha Montes)

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Caminaban unos pasos por delante de mí, las dos iguales de altas, las dos rubias de pelo ondulado, las dos esbeltas y deslumbrantes. Una balanceaba las caderas ligeramente y la otra algo menos: esa era toda la diferencia. Iban cogidas del brazo y comentando de aquí y de allá.
Una era la esposa del doctor Renguel y la otra su amante.
Era curioso verlas así, entrelazadas, luciendo sus maravillosos palmitos y moviéndolos al unísono.
Apresuré mis pasos y las alcancé. Enseguida me preguntaron por mi querida esposa; yo les pregunté a su vez por el doctor, sin saber a cuál de las dos mirar.
Imaginé que sería la esposa la que me respondería, pero me equivoqué: fue la amante la que empezó a excusarlo. Pero no sé en qué momento la esposa tomó la palabra y de nuevo la amante y tal vez la esposa otra vez, no puedo precisarlo. Fueron tan sutiles que no me apercibí que eran dos hasta que se hubieron ido, dejando una estela de delicioso perfume.
Y supuse que al doctor debía pasarle lo mismo.

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