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Estación Escombro (Sarah Fernández)

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Había hordas de funambulistas muertos, arrastrando débilmente sacos llenos de recuerdos enlatados, doblando sus raídas piernas y dejando rastros de sangre mustia por el suelo que pisaban. Muchos transportaban en sus huesudos brazos a seres en miniatura que, con una visible aura de desdén, plañían sin parar hasta que sus lacrimosas lluvias se convertían en polos opuestos y se congelaban en sus bocas negras. Se escuchaban los estruendosos rugidos de rinocerontes biónicos que entraban y salían de la Estación Escombro, transportando más y más almas, a cada cual más perdida y extenuada que la anterior.

Cada viernes, los subsuelos oxidados se inundaban de lágrimas. Los lunes todos los fantasmas llegaban dormidos en sus mecidas hogueras de vapor radiactivo. El resto de días se cerraban las cortinas y nadie tenía permitido decir una sola palabra sobre la Estación Escombro. Así lo recuerdan aquellos que medio vivos salieron de aquella casa de los sueños, del hogar de los trotamundos olvidados.

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