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Esperanza (Amado Storni)

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YA nada se podía hacer por él. La vida le había utilizado para su engranaje de intereses pero, desgastado por el polvo de carbón depositado en las paredes de las galerías y tras treinta años en la mina Monte María Luisa, aquel ayudante barrenista ya solo servía para recordar. Desde hacía tres años Francisco, gaditano de nacimiento pero asturiano de adopción, era asiduo de la oficina de empleo. Otro más. Los funcionarios trataban de animarle: “Paco, la esperanza es lo último que se pierde”. Aunque después de treinta y seis interminables meses, la ilusión se consumía tan rápidamente como el ascua que inocente entra en contacto con el agua. Una fría mañana de otoño, Paco decidió acabar con su vida. Hacía una semana que Esperanza, su mujer, había fallecido. De pena. Y haciendo valer las palabras de los empleados, se quitó la vida. “Paco, la esperanza es lo último que se pierde”. Y a Paco ya no le quedaba nada.

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