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Dura Lex, Sed Lex (Horacio Fernández)

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Villa Eterna era un pueblo joven; nadie sabía de la muerte. Pero cada tanto llegaban juglares que infundían temor con historias de la Vieja Cosechera.
El rey se mostró sensible. Prometió que el pueblo jamás necesitaría un cementerio.
Los sembradíos de Villa Eterna fueron fértiles por siglos. Los hijos de aquellas tierras eran sanos y longevos. No se imprimían certificados de defunción; los viejos cumplían años de a cientos y el monarca devino en héroe. Los artistas, inspirados en su porte, moldeaban estatuas en bronce. En cada plaza había una imagen que los lugareños veneraban con rezos y flores.
Cuando llegó la Era de la Sequía, el rey debió enfrentar dos problemas: superpoblación y falta de alimentos. Fiel a su promesa, redactó un bando en tres artículos sencillos:
1. Desde el alba, la antropofagia no será delito.
2. El Colegio de Escribanos garantizará ecuanimidad en el sorteo de vecinos a ser sacrificados para servir de alimento al resto de la población.
3. Difúndase y archívese.

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