Signo editores / Literatura a Mil

Dos mundos (Horacio Fernández)

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— ¿Te acompaño? —dijo él.
—Es rutina. En tu trabajo las cosas no marchan bien.
Sus mundos se separaban después del desayuno y hasta la merienda del ocaso: ella a su atelier, él a la oficina.
Llegó, se sentó en el escritorio de siempre. Selló los mismos papeles, escuchó las mismas bromas de siempre.
Pasado el mediodía empezó a oler azufre. A eso de las dos lo llamaron de arriba.
—Reestructuración —le dijeron.
Uno de Vigilancia fue su sombra: él vació los cajones, contuvo el llanto, abrazó a los que quedaban, prometió reencuentros que no iban a ocurrir. Ya en la puerta, el cancerbero lo lanzó a calles hostiles.
Ella salió un rato antes de lo habitual. La música de la sala de espera, a contramano de su ánimo: fútil, frívola. El resultado del estudio, en la cartera. En un sobre tan cerrado como se lo dieron en el laboratorio.
A la hora de la merienda, los mundos vuelven a juntarse. Toman té con galletitas; fingen sonrisas, desperdician minutos preciosos como si nada hubiera ocurrido.

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