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Ausencia (Itzal Haizea)

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Mi casa nunca olía a comida apetecible. El olor a atracción siempre me atrapaba por las demás puertas mientras subía las escaleras. Tras dejar en el felpudo cada paso que había dado, me bajaba de los tacones 15 centímetros del mundo y abría la puerta. Aquella que siempre estaba cerrada con dos vueltas.

Recorría el largo pasillo de puntillas para no despertar a los recuerdos y me quitaba las lentillas en el baño. Me quitaba la mirada. Me quitaba el maquillaje en el baño. Me quitaba la expresión. Bebía agua del grifo, aquella que “es mejor que bebas el de la cocina” y enjuagaba mis silencios. Limpiaba a fondo las manos, intentando que desapareciesen aquellas líneas que me hacían trapecista en ese desbordamiento y huellas que me perseguían por ser señalada.

Miraba a mi reflejo. “Te pareces mucho a tu madre” me decían por la calle. Y acariciaba mi propia cara intentando sentir la de ella.

La comida no estaba hecha. Mi casa nunca olía a comida apetecible; no se había convertido en hogar.

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