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El árbol de Silvia (Francisco Javier Rodríguez Barranco)

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Silvia era aplicada y obediente, algo traviesilla, pero nada tan importante que pudiera apartarla del beneplácito general. Silvia era una niña buena y por eso es difícil comprender sus motivos para gatear a lo alto de aquel árbol: un sauce, un modesto sauce, porque en aquella remota capital de provincias el parque daba para poco más que eso: sauces y algún álamo desterrado. Nada de tilos o abedules, por supuesto. Así pues, Silvia lo intentó, lo intentó y lo intentó, pero siempre se resbalaba, con el desgarro lógico de su vestidito de seda y alcanfor. Pensó entonces lo que diría su madre cuando la viera y especuló con el previsible castigo, mas no cejó en su esfuerzo y tan sólo cuando el afán inicial empezaba a metamorfosearse en angustia recordó que tenía casi cincuenta años y que su madre había muerto hacía más de diez.

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