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El anónimo (Rocío de Juan)

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Una mañana de sábado recibes un anónimo. En realidad, tampoco sabes con certeza que pueda estar dirigido a ti (habla de una mujer que no conoces, de una ciudad que no has visitado, de una tarde de abril que no recuerdas), pero lo han dejado en tu buzón. El sobre del anónimo no tiene remitente ni destinatario. Dentro hay una octavilla donde han formado el mensaje con palabras recortadas de una revista. Son solo cinco líneas. Memorizas las frases. Buscas posibles anagramas. Lo pones sobre el cristal de la ventana y te imaginas como un inspector de policía, quizá Colombo. Decides ir al quiosco a comprar unas revistas para comparar las letras, y dedicas el resto del día a esa tarea.
Cuando llega la noche, tomas una resolución. Sales de la casa con el sobre en la mano. Te diriges a los buzones comunes y lees los nombres de los vecinos. El del quinto izquierda es un viudo jubilado como tú. Y metes dentro el anónimo sin una sombra de remordimiento. Ahora ya puedes ir a acostarte.

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