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Animales salvajes (Mariela Perigo)

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Entró en la habitación casi vacía con timidez, el silencio del lugar le inspiraba cierta desconfianza. A continuación se quitó el abrigo y, pensando que podían estorbar, también los anillos. Con cuidado apoyó las yemas sobre la piel para continuar luego con las falanges y el metacarpo, lastimado en aquel absurdo accidente doméstico. Dudó un momento. Paseó sus manos sobre la suave extensión una y otra vez hasta que fueron ganando tibieza. Quiso apretar, pero tuvo miedo. Se estremeció con el cambio de texturas, tanteó las diferentes altitudes y, cuando se disponía a marcharse, luego de depositar algunas monedas en la pequeña lata ubicada junto al rústico cojín, una voz la detuvo:
—No te vayas.

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