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El amor eterno de Luisa (Salvador Murillo Fernández)

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Luisa se tumbó sobre la hierba y el rocío de la mañana emanó olores que envolvieron su figura. El verde pálido de los árboles se entremezclaba con la timidez de los primeros suspiros solares. En su semblante se dibujaba la dicha permanente. Sus labios expresaban gemidos continuos que enmudecían los cantares de las aves anidadas. El amor acrecentaba el sabor de los besos. En ese instante se refugió en brazos protectores que la apretaban sin dolor. Fue un instante que duró una eternidad.

(Aquí el autor debería continuar con el relato. Escribir que tiempo después a la radiante Luisa, el amor eterno se le escapó por las rendijas de la realidad. Que en su semblante aparecieron marcas moradas que tiznaban la piel. Que sus ojos se apagaban inflamados de barbarie. Pero el autor desea que Luisa tenga amor eterno.)

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