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Aguas turbias (Hermes Prous)

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Aquella oscura noche una pequeña luz rojiza se iluminó brevemente en alta mar. Era el cigarrillo de Antoine tras su última calada, justo antes de hacer lo que tenía que hacer.

Con el cambio de guardia encontrarían el cuerpo del segundo de a bordo, pero para entonces, Antoine estaría lejos, muy lejos, navegando con la auxiliar y toda la droga a bordo, rumbo al puerto de Arenys. Los marineros del puerto le estarían esperando para descargar la merca y de ahí atravesar la frontera en coche hasta Marsella.

Las colillas arrojadas con nerviosismo e impaciencia en las aguas de Arenys indicaban que algo no había salido bien. No sabían que Antoine había caído en su propia trampa. Un cañón del 32 sobre su nuca le invitó a que probara sus nuevos zapatos de hormigón y a estrenarlos en las frías aguas del Mediterráneo, donde ahora es pasto para los peces.

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