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Veinte años de mugre y un espejo de amor (Jorge Jarillo)

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El lugar estaba deshabitado, era como una librería sin libros, como un lupanar sin mujeres. No había ni rastro de la sombra de la mujer que una vez fui. Me senté en el suelo, sobre el edredón de la cama. La suciedad, ayudada por los ácaros y los pequeños roedores, se había comido todo lo habitable y había dejado, en su sustitución, la mugre. La mugre se subía por las paredes y servía de alimento a la vejez y a la soledad que me acompañaban los últimos años de mi vida. Hacía veinte años que no pisaba estas baldosas. Volví con la esperanza de recuperar los años de mi felicidad ante la desesperación de sentir que la vida se me iba y no volvía. Esa casa era mi alma y la mujer que reflejaba el espejo era yo, ese espejo era el único objeto de la habitación que estaba limpio.
Detrás de mí oí unos pasos y una voz: “Todos los días de mi vida, desde que te marchaste, he limpiado ese espejo con la intención de que cuando volvieras sintieras que todavía te amo y que todavía te reconozco en él”.

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