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Samuel Beckett y la conciencia artística del fracaso

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Fail better. Pocos escritores son tan fácilmente identificables en dos palabras como Samuel Beckett. Quizás al nivel del célebre Don’t try que reza —con toneladas de ironía—  la tumba de Charles Bukowski.

Aunque la frase en cuestión aparece en una de sus últimos – y menos conocidos – trabajos , se ha convertido en un concepto recurrente entre emprendedores y atletas. Richard Branson y Elon Musk lo citan a menudo en sus conferencias e incluso el tenista Stan Wawrinka tiene la frase tatuada en su antebrazo.  Y como suele suceder en estos tiempos —de citas profundas con filtro de Instagram nostálgico— pocos analizan si Beckett quería lanzar un mensaje de optimismo al mundo, precisamente lo contrario o una idea mucho más compleja.

Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.

Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor. 

Samuel Beckett

En la cultura popular, se da por hecho que su exhortación expresa que el fracaso es un riesgo en la búsqueda del éxito, o dicho de otra forma, quien está dispuesto a asumir las adversidades es capaz de ganar. Pero en el universo de Samuel Beckett el fracaso adopta un significado diferente. No se trata del fracaso personal (que debe soportarse) sino que hablamos de un fracaso sistemático (que debe promulgarse). Y esta fue una filosofía —una hoja de ruta vital si se prefiere— que Beckett refinó durante más de cincuenta años de oficio.

La frase Fracasa mejor, del libro Rumbo a peor (1983), es el destilado de una paradoja que se presenta en innumerables personajes e historias de Beckett. Se trata de una articulación escueta que parte del imperativo que dominó algunas de sus últimas obras —Rockaby o That Tim— alejado de su maestro, James Joyce, que influyó en sus estilo durante su primera etapa artística.

Beckett no tuvo un rumbo definido durante la década de los 20 y comienzos de los años 30. Abandonó una cátedra en el Trinity College de Dublín. Se marchó a París. Se mudó a Londres. Escribió Murphy. Se sometió al psicoanálisis kleiniano. Recorrió Alemania. Y se instaló en París de forma definitiva.

En 1937, teniendo solo un ensayo sobre Proust y un libro de historias pobremente recibido, Beckett asumió la responsabilidad de comenzar a desacreditar su lengua materna. En una carta al librero Axel Kaun, escrita en alemán, lamentó que el idioma inglés se le asemejaba a “un velo que uno debe hacer trizas para llegar a las cosas que aguardan detrás”. Tras su terrible experiencia en la Segunda Guerra Mundial, el autor escribe sobre algunos pintores de su gusto y formula una de sus primeras alabanzas al fracaso como elemento esencial en el arte. Sobre el pintor holandés Bram van Velde dijo que “fue el primero en admitir que ser artista es fracasar. Fallar es parte de su mundo y el abandono, la deserción y la artesanía que subyace son su día a día”.

Durante la II Guerra Mundial, Beckett se alistó en la Resistencia Francesa tras la ocupación alemana de 1940.

Adoptada esta postura, el autor estaba listo para una de las transformaciones más asombrosas vistas en la literatura del siglo XX. Beckett abandonó el inglés para escribir en francés grandes obras como Molloy (1951), Muere Malone (1951), El Innombrable (1953) o Esperando a Godot (1953). En palabras del ganador del Premio Nobel de Literatura en francés era “más fácil escribir sin estilo”.

Hagamos un alto en el camino. ¿Por qué alguien que domina el inglés decidió escribir algunas de sus obras en un idioma con el que se expresa con mayor dificultad? Esta es una cuestión que múltiples estudiosos de la obra de Beckett han querido desentrañar. Por mi parte, valoro que el escritor buscaba toparse la adversidad misma: los medios austeros para expresarse le llevaron a una esencia buscada. También nos recuerda que incluso el lenguaje,  como sistema comunicativo creado por el hombre, es un fracaso.

Lo que Beckett buscó en sus obras —y durante el resto de su existencia— fue fraguar un fracaso palpable. Hacerlo visible al revelar las fallas del lenguaje y los límites de la obra literaria.

La búsqueda de esos recovecos miserables, pero a fin de cuentas constatables como nuestra propia existencia, es llevada a las últimas consecuencias en su estilo y propuestas literarias.

Lo que se dice está tan lejos de la experiencia misma que si realmente se llega al desastre, la mínima elocuencia se vuelve insoportable

Samuel Beckett

A principios de los años 60, el irlandés describió su escritura como un proceso de “bajar a la superficie” hacia la “auténtica debilidad del ser”. El fracaso, por lo tanto, siguió siendo una cuestión inevitable. Sus obras en esta época conducen a un estrechamiento casi claustrofóbico. Comienza con la novela How it is (1961) contada por un hombre sin nombre que yace en la oscuridad y el barro, continuado con All Strange Away (1964), Imagination dead imagine (1965) y Ping (1966), ,donde se representa la conciencia de un persona confinada en una habitación pequeña, desnuda, blanca, bajo coacción extrema, y ​​probablemente en el último suspiro de la vida.

Beckett dejó al menos una docena de obras inconclusas o inéditas. La mayor parte de estos archivos se encuentran en el Museum of English Rural Life de la Universidad de Reading

Samuel Beckett era un hombre extremadamente delicado en la forma  —resultado de las experiencias vividas y el conocimiento trabajado— por eso reducir su edificación acerca del fracaso a un eslogan publicitario es insultante. La evolución de su escritura, temática y estilo daría para varios especiales.

La aceptación actual —de la corriente de pensamiento imperante—  del fracaso pasa por que esta sea dúctil. Permitimos el fracaso, siempre y cuando no sea demasiado desagradable, porque convenimos que no todo puede ser éxito en la vida. Esta visión descafeinada poco se parece a la idea que subyace en Samuel Beckett.

Beckett sabía que hay un fallo en el lenguaje y, sin embargo, existe un idioma. También hay fracaso en la vida y, sin embargo, existe la vida.

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