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Poesía hecha por todos: Neruda

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Han pasado ya más de cien años desde el nacimiento de Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, también conocido como Pablo Neruda, chileno de nacimiento y poeta de oficio (“te llamo Pablo y sales ronco entre las piedras, entre las algas marítimas, tiznado en tu frente gigante…”)

Fue Neruda uno de esos hombres que desde muy temprana edad supo plasmar el amor que no se entiende, amor de monedas que no residen en carteras o bancos defraudadores, amor fundamental para que podamos comprender los hallazgos míseros con los que nos vamos topando a lo largo de esta vida con sabor a nata con flemas. Nos obsequió el maestro chileno, que todavía se muestra a día de hoy como espíritu ardoroso, con poemarios dignos de ser sostenidos entre las manos inertes a causa de lo prosaico, hasta otorgarles la fuerza que se merecen. Crepusculario fue el primer poemario, publicado en el año 1923, cuyos gastos de edición sufragó él mismo.

Al año siguiente, como si de un suspiro animoso y trebejo se tratara, llegó el manual del perpetuo enamorado, me refiero a Veinte poemas de amor y una canción desesperada, obra que, desde mi humilde punto de vista, le condenó irremediablemente a ganar el Premio Nobel de Literatura en 1971, galardón disfrutado por el maestro durante muy poco tiempo, ya que fallecería en el año 1973. Y es que lo pasmoso de Neruda, opino, es la puesta en escena de imágenes vibrantes que, sin saber muy bien cuál es su significado, hacen que retumben los órganos vitales del lector hasta el punto de poder agarrar la pasión que intenta transmitir el poeta. Es hermosa la primera etapa del ilustre Neruda cuando se atreve sin complejos a hablarnos del amor, de la efusión, de la figura de la mujer irreflexivamente amada a cambio de nada, de todo.

Lícito sería recordar aquellos versos de “La canción desesperada”: “En ti se acumularon las guerras y los vuelos./ De ti alzaron las alas los pájaros del canto./ Todo te lo tragaste, como la lejanía“. E incluso se siente tan “narcotizado” ante el afecto que añade, a la manera del hombre que nada sabe y todo lo puede llegar a sufrir: “Es la hora de partir. Oh abandonado!” ¿Quién se arriesga a fomentar de esta manera tan magistral el sentimiento que le perturba, que le hace ser enteramente humano? ¿Quién es éste que pone las cartas sobre la mesa, sabiéndose perdedor y amante inoportuno, e inmortaliza el aspaviento amatorio en forma de conmovedores poemas? Un poeta, evidentemente, uno de tantos que sobrellevan los padecimientos de la vida a base de lavativas de existencia, de libros aptos para el recuerdo.

Lo cierto es que después de leer a este chileno universal, o a otros poetas universales no tan conocidos, me viene a la mente y al corazón los razonamientos alterados que deberíamos llevar a cabo de vez en cuanto para sabernos vivos. Tantos locos del verso habitan en lo cotidiano, tantos solitarios que pretenden empezar y finalizar sus palabras de manera enardecida y poética, que creo que acabaré este escrito con aquel grito de libertad y quietud que pronunció Laurence Sterne: “La poesía debe ser hecha por todos”.  Ojalá así sea.

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