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Un Perú literario (I)

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Cusco es como un oasis en el desierto: la ciudad se funde en el agua y, más allá, sólo existe un horizonte de montañas interminables. La multitud espera sentada en los escalones que, a modo de gradas en un estadio, rodean la Plaza de Armas por una de sus riberas, inquieta ante el compás del paso militar. Es domingo, y como todos los domingos, por las céntricas avenidas de la ciudad desfilan militares al son de una orquesta mientras se izan las banderas, primero la del Cusco —capital del antiguo estado Inca—, y después la nacional del Perú, con su vicuña, su árbol de la quina y su cornucopia simbolizando al reino animal, vegetal y mineral respectivamente, con esa veneración a la naturaleza que pervive en Latinoamérica. Sólo el Estado peruano puede exhibir la bandera con su escudo, a los civiles se les reserva su uso, pero sin el mismo.

Las mujeres andinas, todavía más quechuas que mestizas, con sus tan variopintos sombreros —algunos son altos y estrechos, otros bajitos y redondos, marrones, negros o verde oscuro, con adornos de flores o cintas alrededor de la copa—, distintos entre sí según la comunidad, todas ellas perdidas en los Andes, donde los edificios no existen, se sientan encima de las mantas que desanudaron a sus espaldas, donde llevaban a sus hijos, el almuerzo, la comida que iban a vender por la calle, o alguna de sus llamas, todavía chiquitas caminando por las calles del casco histórico de la ciudad.

Es invierno en el verano de Madrid y la piedra de las gradas realza el frío que se adueña de las nalgas y todas las piernas. Alguna de las mujeres andinas sienten el rubor de sólo hablar el quechua entre tantas lenguas foráneas, desde el inglés al castellano entre nativos y extranjeros; pero te cede asiento a su lado, estirando su mantita por el suelo, con una sonrisa sin mediar palabra, ni siquiera intentarlo. No es la primera vez que veo a alguna de ellas, y todavía recuerdo cómo se dice “gracias” en quechua. ´Sulpayki`, le digo. Antes de que ella se gire para mirarme y responderme de igual modo —´sulpayki`, diría asintiendo mientras sonríe, con esa felicidad que muestran los andinos al compartir su identidad—, de repente, suena el himno nacional: todo lo que no sea la melodía se vuelve intrascendente; ella se levanta y deja de mirarme. Cuando escucho la primera nota de un himno, se apodera de mí el recuerdo de Borges y Bioy Casares y una de esas anécdotas literarias que deambulan por crónicas y libros. Se decía que, ambos ya mayores y algunos más ciegos que sordos, cuando oían una melodía, se ponían en pie por si lo que sonaba era el himno nacional. Decido permanecer en mi sitio, mullido por la frazada, quieto y sin levantarme, impasible ante el tumulto, ajeno a las exaltaciones patrias.

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La exaltación en la plaza es tal que, todo el mundo, incluso los turistas que no entienden lo que sucede, se levantan para homenajear a su país, el Perú; resistir a la veneración, sentado en el sitio, se convierte en un gesto de descortesía, de falta de respeto más que a un país a un pueblo. De pie, la multitud toma forma de postal: algunas personas, más gringas, enderezan sus cuerpos y, con su mano en el pecho, alzan la voz sin vacilar en el cante; otras apenas musitan mirando al suelo, cabizbajas, o a todos los lados —a diferencia de las primeras que pierden su mirada hacia el horizonte, la nada—, cuando no se quedan en silencio, levantadas por el mero respeto al resto. Los turistas, esa especie humana etérea que se autoregenera como la piel en una herida sin cauterizar y copa las ciudades, son reconocibles como la nieve de las montañas entre tantos rostros y pieles morenas; se muestran atónitos, mirando de lado a lado, esperando a su término para aplaudir. La mujer que se sentaba a mi lado no ha abierto la boca más que para mascar la hoja de coca. Sus dientes, algunos de plata, están blancos e intactos: el flúor de la hoja limpia las encías de quienes viven en comunidades a muchos metros de altitud y no soportan la altura o el hambre, que tanto se adormece allá arriba o en la selva, donde hay gente pasa días sin comer más que de esa plantita —sólo la ciudad de Cusco está a 3.399 metros sobre el nivel del mar.

Al sentarse, como si el himno fuese un lugar de nadie en el tiempo, me responde, ´Sulpayki`. Una sonrisa de profunda alegría se apodera de mí, que conozco esa rudeza infranqueable de algunas mujeres andinas, y le ofrezco comernos juntos la fruta deshidratada que guardaba en mi casaca. Ella mira la bolsa con deseo, pero aguarda unos eternos segundos antes de aceptar. En ese momento, una desnuda y sincera felicidad me consuma, y todo adquiere un orden, y la tristeza se vuelve intrascendente, y recuerdo uno de los pasajes de Juntacadáveres, donde Onetti describe Santa María: “También imagino a Santa María, desde mi humilde altura, como una ciudad de juguete, una candorosa construcción de cubos y conos verdes, transcurridas por insectos tardos e incansables”.

En Santa María, ese lugar de nostalgias de un Uruguay perdido y olvidado, transita mi recuerdo, pero todo Cusco toma forma en torno a sí en la realidad, siendo los edificios, el olor a cerdo del chicharrón palabras de una novela, y siento, por primera vez, eso que llaman a América Latina: una gran patria de patrias. Hasta entonces, era sólo una intuición, un puzle de países en el mapa, una vez ya al otro lado de la pared, como en La vida breve, cuando Díaz-Grey, personaje inventado por Brausen en la propia novela —un enredo literario—, imagina el pecho mutilado de Gertrudis, la cicatriz que atraviesa su torso, mientras oye su voz en la habitación colindante. Apenas los susurros que llegan a Europa, como navíos surcando el mar, hacen a uno sospechas qué le depara al otro lado del charco. Sí, Cusco parece una ciudad de juguete, frágil e inmemorial; los cubos y conos verdes de colinas de Santa María tienen un color plomizo por el sol que, como dicen allá, quema pero no calienta —todavía recuerdo los rostros blanquecinos por la crema solar de los peruanos a primera hora del día—; los insectos tardos e incansables se esconden por las calles, esperando a que, por ejemplo, alguna de las mujeres que venden chicharrón descubra el paño que cubre su bandeja metálica.

La literatura no está en los libros, la literatura está en la vida, impregnada en su gente: América Latina es la región más literaria del mundo. En lo alto de la plaza, dos paisajes se mezclan entre sí: a mis pies, la ciudad, de calles laberínticas ensambladas como las piezas de un recuerdo de la infancia, de asfaltos bombardeados con socavones donde florece el barro; frente a mis ojos, a lo lejos, los andes, donde las comunidades se esconden entre carretas infernales que se precipitan a los desfiladeros, allá donde sólo se hace el quechua, los niños recorren todas las mañanas kilómetros para llegar al colegio, algunos sin poder vestir el uniforme, y la gente planta papa en las pampas, en el hielo; más allá de donde se pierde el Machu Pichu, que se esconde entre montañas en la selva, y brota un inconmensurable universo literario, un lugar de nadie que embaucó a todo el mundo, que puso nombre a las comunidades indígenas de todo Latinoamérica, que reflejó la pobreza en las calles de barro donde los niños juegan con balones hechos de paja, que se escribió en el recuerdo de una infancia feliz en Cartagena de Indias, esa novela de todos los tiempos llamada Cien años de soledad: Gabo dio vida a los colores del olvido. A no más de quince minutos en coche, en carro, de la ciudad, tras sortear el desorden frenético del tráfico, comienzan las comunidades: miles y miles de Macondos, lugares en la nada sometidos a los designios del tiempo, donde la vida guarda un orden, lejos del ruido, en torno a cosechas y barbechos, caballos y ovejas. César Vallejo escribió en un poema, Nostalgias imperiales, el aire de los andes: “Mas allá de los ranchos surge el viento/ el humo oliendo a sueño y estable/ como si exhumara un firmamento”.

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César Vallejo, uno de los poetas peruanos por excelencia

No es imaginación sino recuerdo lo que me hace ver a los andinos —paso la semana viajando por su lugares hasta el sábado, que me abandono a la pequeña, pero famosa ciudad del Cusco—, con sus animales sueltos por el campo y el maíz secándose al sol; pero el desfile ha acabado y la plaza se vacía para llenarse sólo de turistas: las mujeres que vendían plata en pan, o chicharrón, o fruta deshidratada, o helados de fresa y nata, o chicha, una bebida casi negra a base de maíz, o gelatinas de refrescos, recogen sus mantas del suelo, llaman a sus hijos, que trabajan llevando la comida a las gradas atestadas de gente y se dispersan, como la arena en el agua, por los rincones de la ciudad para seguir vendiendo.

Un hombre mayor, bajito y con chepa, de piel morena un poco anaranjada, lleva sobre su brazo izquierdo los periódicos del día, montañas de papeles que van de sus muñecas al hombro. Me acerco a él como la viva imagen de lo que es Perú: un país donde todavía la gente vende diarios por la calle y no en ella, como la personificación de un héroe en la decadencia del tan remoto Occidente. ´¿Tiene La República?´, le pregunto. Introduce su mano en la marañan de papeles, como cuando buscamos algo a tientas en un armario oscuro, y saca sin mirar el ejemplar del día. Le doy 2,50 soles justo que hoy domingo cuesta, a diferencia del resto de días —1,50 soles de lunes a sábado (parecido a lo que cuesta en euros en España, cuatro veces menos en su valor de cambio)—, confirmo que lleva el suplemento cultural, el Domingo, por el peso y me marcho con un gracias. Él apenas media palabra conmigo, porque antes de venderlo ya otea la plaza buscando a más personas y comienza a pregonar en la plaza, sin gritar, porque los peruanos no alzan la voz apenas: ´Periódicos, periódicos. Ojo, El Comercio, La República. Periódicos, periódicos´.

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