Libros

Ordesa de Manuel Vilas y el arte de adentrarse donde nadie osaba

Comparte este post

Aterrizó en mis manos a semejanza de un rayo: primero, con la rapidez que se precia en la correspondencia actual; con un destello de luz, en concreto ese privativo tono amarillo de la portada que tiñe sus páginas, sintiéndome impúdico ante la lectura de un desnudo ajeno – como esa extraña sensación al vestirse delante de un cuerpo también sin ropa por primera vez –; y, más tarde, tras acabarlo, padecí los estragos de su resonancia cuando me atreví a escribirle – porque este libro es la expresión de la individualidad, parafraseando a Pessoa.

Ese eco, esa distancia que separa al ruido del sonido en los rayos, se dilataba en el tiempo: me mostraba incapaz de escribir esta reseña: escribía y rompía, la postergaba con motivos absurdos – citas con médicos o amantes, indistintamente o al mismo tiempo – cuando la veía en el escritorio, impertérrito, esperando a derrocar el miedo que me paralizaba. Por tanto, de algún modo, es esta última, si logro escribirla, la encarnación del éxito ante sucesivos fracasos.

Hay novelas que te asaltan con tanta ferocidad, desenvolviéndose con absoluto desparpajo en lugares donde nadie osaba adentrarse hasta ese momento, apareciendo e inmiscuyéndose en las intimidades de tus demonios que, al escribir sobre ellas, el pudor del secreto te atemoriza, consumiendo una parte, la más recóndita, de ti. Ordesa de Manuel Vilas, su última novela, es un arquetipo de esta literatura.

En ocasiones, hay sucesos de la realidad que se ordenan en torno a un sentido oculto pero concreto – algo que, realmente, nos causa pavor; todo responde a un caos, con el paso del tiempo apacible: hasta las peores desgracias se mitigan en la rutina –: el libro comienza con los versos de una canción de Violeta Parra, hermana de Nicanor Parra, algo que me condujo, por una inocente curiosidad, a revisar ciertos fragmentos de su obra justo un día antes de su muerte –´Mi recuerdo mató su futuro`, cavilé, de madrugada, sintiéndome un asesino. Y, al igual que la antipoesía de Nicanor, descubrí al antinovelista Vilas.

Ordesa es una novela que no responde a los cánones estéticos ni temáticos de la esfera literaria actual. Está escrita en fragmentos de apenas cinco páginas, a modo de poemas, que, sin trama narrativa definida, se enlaza entre sí ordenando el testimonio de una vida, como todas, llena de apegos y pérdidas. El curso de esta novela de “no ficción”, categorizado así por el propio autor, deambula en torno al sufrimiento ante la pérdida de los padres y la incertidumbre del reflejo en los hijos, la necesidad de aquellas existencias gravitacionales, de aparente insignificancia cuando están, que deshojan el sentido a la nuestra en su ausencia. Son estas relaciones equívocas las que encierran algunos de los misterios que enfurecen o aquietan nuestra actitud ante la vida.

Retrato de Manuel Vilas por Jeosm

Ordesa escribe la verdad – no acerca de la verdad. Es por eso que sentimos que su historia es el retrato de la nuestra. La de una realidad donde no siempre se encuentran motivos para prorrogar nuestra existencia – porque sobrevivimos en el tiempo de añadido del universo – ni el coraje para terminarla. Está diseñada conforme a recuerdos que parecen inconexos, como si a base de golpes de memoria anónimos se escribiese, añadiendo fotografías dispersas al texto. Es un libro solitario porque apela a la ficción del terror, a la sensación de que todo a nuestro alrededor, incluso nosotros, pierde el sentido. No obstante, aunque sea la crónica de la vivencia de Vilas, cercana a la autobiografía, pero sin la grotesca vanidad revanchista que infecta a este género, acude a elementos de la memoria sentimental española tales como aquel Seat 600 en el que, aunque no se condujera, se montó, o quiso montarse, la sociedad del franquismo sumida en la asfixia del atraso; o esa “clase media” del imaginario colectivo en la que todas las clases deseaban reflejarse, tanto por arriba como por abajo.

“Entonces entendí el Barroco español, que es un arte severo de adoración a la muerte en tanto en cuanto la muerte es la más lograda expresión del misterio de la vida”, escribe el gran Vilas. Y es esta, la vida, la que ocurre en la novela, la muerte. No existen reparos narrativos – lo que se escribe es – ni siquiera lecturas implícitas en Ordesa, en aquel árbol, sino que impera la máxima explicitud en esta carta de amor a sus padres regalada a sus hijos. Si hablamos de la muerte es preciso tratar la degradación del cuerpo, la corrupción de la carne, algo que, junto a la necesidad de inmediatez que reclama su lectura, hace sentirnos caníbales que han devorado el alma de una novela repleta de muerte.

El desgarro siempre ha sido un inestimable propulsor literario, un compañero de pelea en la solitaria labor de escribir, enfangada en la sangre, pero, a veces, el dolor erige un muro ante la empatía – sin duda no es el caso de Ordesa. Su prosa, a pesar de la limpidez narrativa, está envuelta en el pesar de los recuerdos que adquirirán forma propia en la memoria personal, e íntima, del lector. Aunque temer al fin, transcurso, insignificancia, fragilidad, de esta novela no consumará, ni tan siquiera distraerá, la angustia, junto a las demás cualidades, consustancial a la vida, al concluir estas 387 páginas, serán mejores personas.

Deja un comentario

Entradas relacionadas

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: