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El nombre propio de la felicidad

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María Jeunet está imparable. Desde que se lanzara al escenario literario en 2013 con La foto de Nora Las hojas de Julia, en poco tiempo cuenta ya con su tercera novela en el mercado. En este último título, publicado por la editorial Planeta, llama  la atención la madurez literaria que ha alcanzado la escritora, en la línea del romanticismo, pero edulcorado, no tan dulce como en las dos entregas anteriores, que rozaba la línea de lo empalagoso.

El nombre propio de la felicidad tiene un nombre propio, Nico, un joven escritor de literatura infantil, más preocupado en arreglar la vida de cuantos se encuentran a su alrededor, que la suya propia. La historia comienza en una etapa difícil para Nico: hace años con la mente literaria en blanco -tras el éxito de su libro- y con la presión constante de su editor. Se acaba de mudar a una polvorienta buhardilla en París y ha comenzado a trabajar en el metro de París para conseguir el dinero que necesita para hacer frente a la residencia de su madre, enferma de alzhéimer.

Nico es un personaje con el que empatizas desde las primeras páginas, por su honestidad, inocencia y el optimismo que desprende ante los demás. En su nueva vida en París encuentra nuevos amigos, cada uno de ellos con una historia que contar, y en medio de todos ellos, Nico, proponiendo soluciones.

La chica misteriosa que un día se presenta delante de una de las cámaras de vigilancia le cambiará la vida. Es en ese momento cuando centra toda su atención en alcanzar su propia felicidad; una ilusión que encuentra cuando no se lo esperaba, pero que se esfuma con la misma rapidez, cuando deja marchar su amor por terquedad y por esa manía que tenemos los humanos de callar en lugar de preguntar y enfrentarnos a la respuesta, sea buena o mala. En este caso, el silencio le arrebatará a Nico un tiempo muy preciado de felicidad, esa felicidad que acarició al lado de esa misteriosa chica, Judith. Cuando creía que todo lo tenía perdido, esa felicidad que tanto se había empeñado en conseguir para los demás, llega a su vida.

Es una novela fresca y dinámica. Aunque carece de un relato de peso -esos que te enganchan por la intriga que te generan-, la autora consigue meternos en la vida de Nico, empatizar con el personaje y generarnos la incertidumbre suficiente para no abandonar la lectura -el relato en primera persona es la clave-. El final pierde un poco de fuerza, por la sencillez del desenlace, me hubiera gustado un poco de tensión, que no se lo dieran todo hecho a Nico. Pero, pese a esa sencillez de la historia, es indescriptible, pero tiene algo que engancha. Acabas con una buena sensación, con el optimismo pegado a nuestra ropa, que es lo que creo que busca María Jeunet.

Si bien los otros dos relatos me parecieron demasiado románticos, novelas más propias del público adolescente, con El nombre propio de la felicidad, María Jeunet consigue entrar en la literatura para adultos, a mi juicio, con las expectativas altas.

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