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Mala yerba, afrontar las circunstancias que nos llevan al límite

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Mala herba nunca morre, solía decir mi abuela para referirse a personas de la aldea a las que tenía inquina y que no se terminaba de morir. Tampoco Harry, protagonista de Mala yerba, de Jaim Royo, termina de morirse nunca. Como una mala hierba, resiste lo que le cae encima sin acabar de hincar la rodilla. Y tiene mérito, porque Jaim Royo le reparte a su protagonista una penosa mano de cartas.

Como lectura, la Mala yerba publicada por la editorial Tolstoievski, resulta demoledora. Una de esas que te dejan mal cuerpo. Royo hace brotar en sus páginas una jungla de sensaciones y emociones a través de las cuales el lector se introduce sin saber muy bien que salir sin arañazos no es posible. Estructurada en tres partes, que (casi) podrían funcionar de manera independiente, el autor (anteriormente conocido como Jaime Royo-Villanova) unifica las tramas en torno a la figura de Harry, un antihéroe de libro, desdichado y maltratado, y que, al igual que la coral de personajes secundarios que le flanquean, es un ser llevado al límite. A juicio del lector queda si es él mismo quien se pone al límite, o son las circunstancias (o, como suele ocurrir en la vida, una mezcla inextricable de ambas). Todos los personajes de Mala yerba pelean la batalla de su vida, que aun contada con todas las herramientas narrativas del realismo, resulta grotesca e irreal, como una pesadilla en la que los protagonistas pierden el juicio, en donde se les malentiende, totalmente desubicados, sometidos al yugo de esa vida moderna que es como “una nueva Edad Media”.

“Al fin y al cabo esa es la crisis del sistema, personas desubicadas que buscan su sitio en el mundo. No hay que darle más importancia.”

Los personajes de Mala yerba enfrentan la vida, “algo que te supera y obliga al máximo de ti mismo. La propia medida de uno, eso es lo que pretende la vida al exprimirnos”, y la personifica como una entidad independiente que, desde algún lugar que no existe, nos jalea o escupe como uno de aquellos entrenadores políticamente incorrectos de los ochenta. El estilo, por momentos algo rebuscado, sirve a esa intención de poner al límite a los personajes, y la novela funciona casi como un estudio de las relaciones humanas en los brumosos tiempos de hoy.

Harry se enfrenta no solo a su propia salud mental, repleta de manías obsesivas, paranoias y espejismos mentales, sino también a las responsabilidades propias de un adulto, como la de ser un padre que no perpetúe en sus hijos sus propias desgracias, la de conseguir dinero para auto sostenerse, la de ser pareja desconfiando del amor convencional y apostándolo todo a la carta de la honestidad, hasta a la de compararse una y otra vez con otros hombres.

Los personajes que Royo nos presenta son personajes sin futuro que viven (y exprimen) el presente, no como exaltación de la vida, sino como reconocimiento de que es imposible superar la incerteza de la existencia.

“Para ser tú no necesitas a nadie.

Tampoco es necesario matar.

Y el amor: exacto y pulcro.”

Cruda y decididamente excesiva (tanto en el estilo como, quizá, en la extensión, que por momentos hace peligrar la fórmula narrativa), Mala yerba no es una lectura fácil ni agradable. Rezuma soledad, engaño, búsqueda. No se encuentra uno tramas sofisticadas, asesinatos o romances insospechados, ni una narrativa de vanguardia pos-modernista. Jaim Royo se encarga, como debería un escritor, de contarnos algo, algo profundamente humano, doloroso y estremecedor, pero que nos conmueve. Y lo hace de una forma realista, también lírica. Entre tanto pesimismo, tanto dolor, uno ha de esperar al Cantábrico rompiendo contra la playa de Santoña para encontrar, quizá, algo de esperanza en la espuma de las olas.

“Sin embargo, así como los actos maléficos producen un descenso de la autoestima y causan disforias relativas a la culpa, lo contrario es también cierto: los actos de amor y caridad elevan automáticamente la autoestima y generan sentimientos de bondad y satisfacción íntima. Que las acciones son más poderosas en determinar los estados sentimentales que los pensamientos y las fantasías, es uno de los principios básicos de la psiquiatría existencial (…) Amar habla más alto que los pensamientos obsesivos”.

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