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Llenarse la boca de pájaros

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La lluvia insiste en golpear el cristal de la ventana: la primavera islandesa. En la baranda del balcón, descubro a un mirlo empapado. Imagino cómo será el sabor de su carne cruda caliente, las plumas pegadas al paladar y los labios, y me estremezco. Retiro la mirada. Imágenes desasosegantes de este estilo me impiden concentrarme en la reseña de Pájaros en la boca y otros cuentos, de la argentina Samanta Schweblin.

Como lector, no frecuento los volúmenes de cuentos. Quizá por costumbre, o sentido de la narración, o extensión, prefiero las novelas. De hecho, cuando me enfrento a libros de cuentos, tiendo a leerlos de seguido, como si fueran novelas. Fue así, en dos impulsos, cómo me leí el volumen de cuentos de Samanta Schweblin, que llegó a mis manos hace poco más de una semana. La argentina era uno de esos nombres que se repetían una y otra vez en artículos culturales sobre nuevas voces latinoamericanas, y como parte del llamado grupo Bogotá 39, Samanta Schweblin venía siendo lectura ya obligada. Y, sin que esto desmonte mi reseña, la obligación ha resultado muy placentera… y desasosegante. Porque, así a bote pronto, se me ocurren muchos adjetivos para describir los cuentos de Schweblin, la mayoría de ellos orbitando alrededor de una sensación perturbadora sin nombre definido.

El estilo de la argentina resulta directo, incisivo. No se regodea en el lenguaje, envolviendose en él, sino que lo doma para que transmita lo justo, única y exclusivamente lo que ella quiere. La misma autora se define como controladora del lenguaje y de sus personajes, y en una entrevista afirmó que ‘odia los adjetivos’, aduciendo que casi siempre resultan innecesarios, lo cual puede darnos una idea de sus preferencias estéticas.

Pájaros en la boca y otros cuentos se compone de 18 cuentos narrados desde un realismo punzante pero que, al mismo tiempo, habitan un espacio exiguo ubicado entre la realidad y ese otro lado, en donde cualquier cosa puede suceder. Y es desde ese otro lado del que brotan los sucesos, más sutiles o más estrambóticos, pero siempre insólitos, que transforman la escena cotidiana y la desfiguran. Ese delirio, muy kafkiano, paranormal, sirve de escenario para los protagonistas de los cuentos, muchos de ellos narrados en primera persona (pero con esa voz narradora en posición de testigo, no de omnisciencia) y también en tiempo presente. Estos personajes se caracterizan, además, por manifestar una cierta dificultad para participar de las convenciones sociales establecidas, un grado de incomunicación o separación con respecto a la sociedad. El foco del lector, siguiendo el transcurso de los acontecimientos, se topa con cierta frialdad narrativa, impresionista en las sensaciones sutiles que emanan de la percepción cotidiana de la realidad.

Como decía más arriba, me enfrenté a los cuentos como si fueran una novela, leyéndolos casi del tirón. El desasosiego te atrapa pronto, casi desde el primer párrafo. Ejemplos de esa sensación turbadora, generalizada en todo el volumen, en el cual apenas un par de cuentos traslucen un nivel inferior a la media (El cavador, Bajo tierra), serían el doloroso desprecio a unas cartas de amor; un perro apaleado cruelmente hasta la muerte; una mariposa con las alas pegadas, el destino sellado; la angustia de un aborto, o de verse atascado irremediablemente en ninguna parte. La retirada consciente de elementos destaca la astucia de Schweblin. Al hacerlo, le impiden al lector (y también al propio protagonista del cuento) comprender del todo lo que está pasando, y la tensión generada nos fuerza a seguir y tratar de encontrar respuestas. Es cierto que el uso repetido de ese recurso, junto con el de la extrañeza como motor, pueden ‘saciar’; pero este ‘defecto’, más subjetivo de quien escribe que razonado, desaparecería por completo si se consumiesen los cuentos de a poquito, como píldoras, y no en atracón.

Samanta Schweblin juega hábilmente con los mismos miedos que habitan dentro de nosotros, agazapados y a la espera de manifestarse. En la misma entrevista que citaba, decía la argentina que ‘son los miedos que encorsetan o auto-secuestran la libertad’. En ese sentido, todos los personajes de Pájaros en la boca y otros cuentos se ven secuestrados por sus miedos, y por la difuminación de la frontera entre lo real y lo otro.

Echo un vistazo al balcón. El mirlo ha desaparecido. Por un momento, estoy tentado de abrir la boca y comprobar que no me lo he comido. Tras leer este volumen de cuentos, ya no puedo estar seguro.

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